Deseaba verla otra vez. Esta vez quería declarar lo que nunca pronuncie en su delante. Por eso me aventure en buscarla, toqué el timbre de la casa y pregunté:

─¿Se encuentra Raquel?

─Sí. Espere, joven, ella no tarda mucho en llegar ─dijo una señora mayor de edad que me invitó a permanecer en la sala.

Estuve allí cerca de cuarenta minutos. Ya me había cansado de esperarla. Decidí salir sin despedirme de nadie, pero nuevamente apareció la señora que me había atendido y dijo ser su abuela. Esta vez me invitó un dulce para detener mi marcha. La cual pudo advertir al escuchar el entrechocar de mis llaves con el casco de motociclista.

Se escucharon voces fuera de la casa. Decidí permanecer quieto. Al cabo de dos minutos sonaron unas llaves que pretendían abrir la puerta. Finalmente ella ingresó a la casa y al verme soltó varias lágrimas que quedaron encima de su rostro.

La tomé del brazo y traté de consolarla con un abrazo.

Luego que me contara de sus entrevistas de trabajo y que se había encontrado con su ex enamorado hacía unos días, me propuso salir juntos para olvidarlo. Esta vez ella no quería pasar el tiempo en su casa. Quería tomar nuevos aires y alejarse de cualquier tipo de recuerdo de los últimos meses. Quería olvidar las decepciones.

Cuando subió a la moto se puso el casco y no conversamos hasta nuestro destino. Una vez en el centro comercial de Miraflores, nos pusimos al día en lo referido a nuestras vidas, siempre con la intención de coincidir en algún punto de vista. Por mi parte quería rescatar nuestra relación amorosa y saber si se sentía bien con sus emociones. Me interesaba por ella desde el día que la había conocido cuando aparecí en la puerta de su casa con una pizza vegetariana. Esos tiempos habían cambiado. Ya no la veía tan seguido. Casi nadie pedía ese tipo de pizza excepto ella.

Por eso, en todo momento preguntaba sobre sus quehaceres diarios y sus anhelos. Por aquellos días le afligía no tener trabajo. Decía que había renunciado a sus sueños de viajar y escapar de casa. Con el tiempo se había convertido en una mujer realista y estaba a la búsqueda de algo concreto. Esto último me entusiasmó, pero a la vez yo mismo le insistía empeño y paciencia. En el fondo deseaba lo mejor para ella. Además, era la primera vez que íbamos al cine para ver una película. Casi siempre nuestras salidas implicaban salir a una cena o a alguna fiesta.

Decidimos conversar un rato más antes de que se iniciara la función. Nos quedamos hablando de las películas que nos habían gustado en el pasado. Diferíamos en gustos pero guardábamos un aprecio por las películas británicas. Esta vez nos tocaba ver Wayne’s World.

Cuando entramos a la función no encontramos dos asientos para nosotros. Casi toda la sala estaba llena. No había un lugar en el cual pudiésemos compartir juntos la función. Solo encontramos dos asientos en diferentes filas. Cada uno de los asientos se encontraba distanciado a unos metros del otro.

Cuando empezó la función nos obligaron a sentarnos en cualquier lugar. Ella eligió sentarse en la butaca más cercana a la pantalla, mientras que yo me quedé tres asientos detrás de ella. Durante la función no vi la película porque decidí verla solo a ella; en la penumbra apreciaba que su cabello resaltaba y resplandecía con la iluminación de la cinta. Era una mujer hermosa. Cuando se iluminaba la sala con una escena filmada de día, su rostro se iluminaba. Ante esta revelación de belleza, me preguntaba si estaba frente al amor de mi vida.

Cuando pronunciaba su nombre en mi mente, ella giraba hacia mí con la intención de mirarme. Quería confirmar que aún permanecía en la sala y cerca de ella. Me encontraba siempre observándola. Quizá en ese momento se percató de que me había enamorado más de ella. Sentí que podía escuchar mi voz y había puesto en evidencia mis sentimientos. La cuarta vez que giró para ver si seguía pendiente de ella, se levantó de la butaca, caminó hacia el pasillo y se acercó a mi fila. Entonces extendió su mano y me dijo:

─Señor, ¿me acompaña?

─Con mucho gusto ─contesté.

Ambos salimos de la función riéndonos. El resto de personas nos solicitaba silencio con una pifia porque la película recién empezaba. Nuevamente estábamos juntos, solo habíamos estado separados treinta minutos. Esta vez nos cogíamos de la mano como una pareja. Solo eso. Cuando dejó de reír me miró a los ojos con su cabeza caída hacia atrás. La había tomado de la cintura, quería besarla como lo hace James Bond, pero solo le canté una canción que había escuchado en el trabajo en la estación de radio.

Entonces empezó a sonar la radio “walkie talkie” que llevaba conmigo.

─¡Roy, ¿me copias?! ─se escuchó.

Sonaba una interferencia.

─¿Ese es un teléfono celular? ─preguntó ella.

─¡Roy, ¿me copias?!

─¡Adelante! ─pronuncié.

─¡Ha habido golpe de Estado y los motociclistas se han ido a sus casas!

─¡Copiado! ─dije.

─¿Ese es un teléfono celular? ─preguntó nuevamente.

─No. Esto es una radio del trabajo. Dicen que ha habido golpe de Estado. Tengo que regresar a la pizzería.

─¿Puedes prestármelo para llamar a mi casa?

─A decir verdad, este aparato no puede realizar llamadas.

Conduje de prisa hacia su casa. Nos detuvimos tres cuadras antes de su puerta porque solicitó que quería caminar conmigo por algunos minutos; sin embargo, yo tenía prisa por regresar al trabajo. Entonces la abracé porque hacía frío. No hubo ningún beso. Ella se apoyó en mí y continuamos caminando como si fuéramos amantes debajo de la garúa. Yo caminaba a su lado con la moto apagada.

Luego del trabajo, cuando llegué a mi casa, revisé minuto a minuto mi salida con ella. Me percaté de que había tenido hasta tres oportunidades para decirle que la amaba. Cuando recordaba su rostro en mi mente, me arrepentí de no haberle declarado mi amor.

Al día siguiente, tras escuchar las noticias en la radio, la llamé para ir otra vez al cine, pero me indicaron que había salido de viaje. Se había ido de vacaciones al sur de la ciudad. En ese momento consideré que siempre había existido una distancia entre los dos. Tal como había sucedido en el cine.

 

 

Este cuento es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

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