Señor: el problema comenzó la noche anterior. En la actualidad, mi rutina solo es el trabajo y mi casa. Por eso cuando termina el horario de trabajo en la oficina prefiero salir de inmediato. Salvo aquella tarde que decidí permanecer un momento más en la oficina. Como decía, una vez en el auto, lo enciendo al mismo tiempo que la radio. Así me desconecto y alejo de todo lo relacionado al trabajo. Con la radio me desconecto.

Casi siempre sintonizo las primeras emisoras del dial en la Frecuencia Modulada (FM). En la radio siempre repiten las mismas canciones: algunos temas vuelven a sonar cada hora y media. Igual insisto con la primera estación del dial. La mayoría de canciones de la radio no son las que suenan en la oficina en su versión instrumental. Mi género musical favorito es lo que llaman música para adultos: easy listening. Suena lógico: ya estoy por llegar a los cuarenta años. En la siguiente estación suelo escuchar el reporte del tiempo y tráfico, y también las noticias policiales. Hoy día destaca y mantiene en vilo a los oyentes –la medida del gobierno de turno de cerrar el Congreso de la República, algo típico de un gobierno autoritario–.

¿Por qué digo esto? En seguida le digo la razón.

En la radio también me llama la atención los comerciales que acompañan a la transmisión. Suelen ser narrados por personas de una voz excepcional y diferente a la de cualquier persona. Quizá reciten mensajes subliminales entre líneas. En la mayoría de casos, las frases quedan en el subconsciente. Esto lo compruebo cuando salgo a realizar las compras para la comida y la limpieza de la casa: la voz del locutor o locutora se repite en mi cabeza una y otra vez. Por ejemplo la frase: “se mantiene joven aunque pasen los años”. ¿Usted la conoce?

Volviendo a mi rutina, cuando regreso a mi casa sigo con la música y preparo mi trabajo para el día siguiente. Luego cojo algún libro para leerlo en silencio y sin música. Todo es diferente cuando uno es divorciado. ¿Podrá imaginárselo? Además, la casa es demasiado grande para mi, ya no es igual sin mis padres. Ellos partieron hace dos años. En aquellos días todas las llamadas por teléfono eran para ellos o para preguntar por su estado de salud. Ahora, cuando suena el teléfono, definitivamente la llamada es para mí: no me queda ninguna duda. Es lo que supe, por ejemplo, aquella noche que empezara a trabajar en la sede del banco en San Isidro. El pequeño Manhattan limeño.

Los vigilantes del local me reportaron por teléfono un hecho inusual: habían encontrado al practicante del área teniendo sexo con una joven en las oficinas. Exactamente dentro de mi oficina. Los amantes habían esperado a que todos se retiraran para desatar sus pasiones.

Al día siguiente, luego que confesaran los hechos, procedimos a despedirlos. Ellos no lo pasaron tan mal al momento de darles la sanción. La única que sufrió fue la recepcionista del primer piso quien habían descubierto que su pareja tenía otra mujer dentro del banco. En realidad, lo peor fue que todo se consumara en mi oficina. En la escena del crimen.

Esto le cuento porque cada día pensaba que los furtivos amantes habían utilizado mi sillón y el escritorio para desatar sus pasiones. Quería regresar a mi anterior oficina porque tenía la impresión de escuchar gemidos a mi lado. No dejaba de imaginar escenas pornográficas en cada lugar. El día que encontré algunas grabaciones de este sujeto en el cajón de lo que fue su escritorio, pensé que contenían registrados sus encuentros eróticos. Recuerdo haber pensado que las grabaciones serían una prueba irrefutable de que su encuentro no había ocurrido una sola vez, pero tras escucharlas todas, quedé desilusionado: se trataba de más rock grabado de las estaciones de radio.

¡No me desvío! De vuelta a aquella noche, la calma de mi casa fue interrumpida nuevamente con el sonido del teléfono.

Era casi la medianoche. Por un momento pienso que ha ocurrido otro problema en la oficina.

─¿Aló? ─contesto.

─¿Aló? ─insisto ante el silencio.

Empiezo a preocuparme.

─¿Se encuentra Gonzalo de Las Casas?

─Señorita, se ha equivocado de número de teléfono.

─¡Perdóname! ─exclamó─. Marqué el número de un amigo pero me contestaste tú…

Pensé que se trataba de una broma.

─Debo colgar. Tengo que dormir.

─¡Espera!

─Señorita, es muy tarde. Voy a colgar el teléfono.

─Permítame presentarme: soy María Coral.

─Buenas noches, señorita Coral.

─¿Acaso no reconoces mi voz?

Su cuestionamiento resultaba válido: tenía la impresión de que hablaba con alguien conocido. Alguna vez había escuchado su voz pero no recordaba el contexto. Su nombre tampoco me resultó familiar. Pensar que ella, al marcar un número equivocado, no puede saber más de mí, definitivamente no ayuda. Confundido, decido proseguir con la conversación.

─¿Nos conocemos de algún lugar?

─Quizá has escuchado mi voz en algunos comerciales radiales. He prestado mi voz para varios. El último que viene circulando es de condones marca “Forte”.

─¡Si, ya te reconocí!

─¿Estás Forte? ─pregunta como en el comercial.

─¡Sí es tu voz! ─exclamo.

Solo por eso dejé de ser un tipo duro en la conversación. Quiero seguir apreciando su voz. Sonaba desconsolada y a la espera de una emoción para la noche. La línea telefónica fue cómplice para que ella sea muy abierta y me diga por qué buscaba a su amigo. Todo se resumía en que ella necesitaba a alguien que la escuche.

─Ya me presenté ─me dice.

Quedo en silencio y sorprendido. Su voz me atrae.

─¿Estás ahí? ─interrumpe.

─Solo imaginaba cómo será tu voz en vivo, en persona, frente a frente.

Sin embargo, pienso que se trata de una chica que trabaja en una línea erótica. Tal vez una chica fácil. Tenía una voz con signos de ansiedad y deseo.

─No suelo hablar con desconocidos, pero tú me das confianza. Te percibo un hombre serio y formal. Quizá algún día nos podamos encontrar en un café.

─Sería la primera vez que conozco a alguien en una cita a ciegas ─mentía.

Esto último le dije porque hacía una semana atrás mi primo paterno me proporcionó el número de una chica que trabaja como recepcionista en un hotel. Según él, ya había tenido un encuentro amoroso en el trabajo de ella, no necesitó alquilar una habitación con  Jacuzzi, televisor, VHS, mini bar, preservativos marca Forte, etc. Todo salió gratis; sin embargo, luego del encuentro sexual su víctima alegó que esperaba una relación formal con mi primo; mientras que él solo pretendía una noche de aventura desenfrenada con sexo y perdición, ella creyó que había encontrado al amor de su vida. Por esta razón, mientras ella se duchaba, aprovechó en extraer del bolso la agenda donde se encontraba anotado el teléfono de mi primo. Arrancó la página de la Letra “E”, con los demás de apellido “Espinoza”, y los cinco días que venía conversando con mi primo por el teléfono y donde había anotado una especie de diario con notas acerca de las conversaciones que tuvieron. En estas hojas resaltaba las características y virtudes de su nuevo amante. Por su parte, mi primo quería olvidar a su ex novia y esperaba que no hubiera mayores registros de su existencia. Una vez que tomó las hojas, se despidió diciéndole: “Mañana te llamaré”. Cuando me contó sobre esta chica, creí que con todos estos detalles sería una chica fácil. Solo quería tirármela. Creí que me iría a la cama con ella. Confié en su relato porque él me ayudó a descubrir que mi ex esposa me fue infiel con su vecino de infancia. Por eso cuando la llame, fingí no saber nada de ella. El “viejo truco” del teléfono equivocado había funcionado. Luego de conversar media hora, ella misma solicitó para conocernos en persona en la puerta del cine Pacifico en Miraflores. Accedí, y cuando arribó a nuestra cita me entusiasme porque era muy parecida a mi ex esposa, pero con diez años menos. Estuvimos caminando y fui demasiado duro y directo al plantearle ir a una habitación de un hotel sin mayor preludio o cortejo. Tiró una patada en la zona genital y me dijo: “no soy una chica fácil por trabajar en un hotel para amantes”. Cuando recordaba esto, consideré que me encontraba en una situación apremiante al escuchar a una locutora que con una sensual voz que me preguntaba:

─¿Estás ahí? ─otra vez interrumpe.

─Estaba disfrutando más de tu voz, me recuerda la voz de la cantante Sabrina. La bella italiana que canta: “boys, boys, boys…”

─¿Qué es eso?

─¡Olvídalo! En realidad, tienes una voz encantadora. Debo de suponer que tienes mil admiradores que se mueren por escucharte. Sobre todo pronunciar esa frase tan sexy de los condones.

─Si me han dicho que mi voz suena mejor en persona que en la radio.

─Espero poder conocerte algún día. Quizás en la puerta del cine Pacifico.

Tentaba algo de suerte.

─¿Conoces el café ubicado en…?

Entonces tuve una mejor idea para impresionarla.

─¡Visítame en mi oficina! ─la interrumpo.

─¿Dónde trabajas?

─En un banco de San Isidro… y tengo una vista fabulosa desde mi oficina.

─Dame la dirección y a qué hora te puedo buscar.

Entonces, acordamos reunirnos a las cuatro y cuarenta cinco de la tarde del día siguiente. Es decir, quince minutos antes de la salida de la oficina. Confieso que al cortar me doy cuenta de que no le había pedido su número de teléfono. No obstante, toda la noche la paso imaginándome su voz en mis oídos y cerca donde ya sabe. No tenía una descripción gráfica de ella, no tenía idea de cómo lucia, no se pudo comparar a nadie conocida de la televisión. Hasta pensé que se parecía a la reina del programa del mediodía: una rubia con bucles, una pronunciada cadera y labios carnosos. Era lo más probable: en la conversación me llegó a decir que la conoció un día que coincidieron en una estación de radio. Ella tampoco preguntó cómo era mi apariencia física. En ese caso le hubiera soltado: me parezco a “Bruce Springsteen”, pero parecía que poco sabía de Rock y Rockeros.

La noche fue larga en insomnio y música de la radio a la espera de algún anuncio con su voz. Cuando esto sucede solo sentía más ansiedad e ilusión al escuchar la propaganda radial. Seguía comparando la voz del teléfono con la de la radio.

En un momento llego a pensar que si tuviéramos sexo en nuestra primera cita yo le preguntaría si soy forte. Me había obsesionado con ella y la maldita frase. El insomnio me ayuda a planear cómo sería una cita ideal. Fue ahí cuando pienso por primera vez utilizar mi oficina como dormitorio casual, tal como lo había hecho el practicante unos meses atrás. Solo así dejaría de imaginar que alguien tiene sexo a mi lado durante el horario de oficina.

Llego el día y la hora. Faltaban cinco minutos para la hora de salida y salgo de mi oficina para preguntarle al nuevo practicante:

─Daniel, ¿alguien ha venido a buscarme?

─No, señor Espinoza ─contesta.

─Ya te he dicho que me digas Hugo, simplemente Hugo.

Es la hora de salida. Me siento muy ansioso y renegón. Le pido un chicle o caramelo al practicante.

─Daniel, ¿qué esperas para retirarte?

─Enseguida, señor Espinoza.

─¡Hugo, solo Hugo!

Entonces siento que alguien se aproxima haciendo ruido de tacones altos. Los pasos se acentúan cada vez más. No volteo para verla. No quería que me note nervioso y con algo de sudor. Le dije al practicante que permanezca unos minutos más conmigo, como si estuviéramos en una conversación de vital importancia para el banco. Le hago una señal para que observe a la chica que se aproxima y le pregunté:

─¿Qué banda prefieres? ¿Blondie o Pretenders?

Esa es nuestra clave para opinar de alguna chica de la oficina.

─¡Señor Espinoza: Blondie!

Giro la cabeza. La veo por primera vez. No estaba mal. Dejo de sentir entusiasmo: ella llevaba unos lentes oscuros que ocultaban su mirada como si fuera una estrella de la televisión, tal como la reina del mediodía en la portada de la revista de verano en la playa Santa María.

Nos saludamos como viejos amigos y le pido ingresar a mi oficina. Se sienta frente a mí, cruza las piernas y con su rodilla me apunta. Es una buena señal. Deja caer su cartera en el suelo y empieza a alabar el orden de la oficina y la vista panorámica. Después de veinte minutos desde que llegara recién se saca las gafas oscuras. Tiene una mirada inquietante. Con ese cuerpo y voz era la amante perfecta.

─¡Mi primo no me va a creer esto! ─Fue lo primero que pensé.

Ya no hay casi nadie en la oficina. Digo algo bobo con la intención de impresionarla fiel al estilo de mi primo quien también divorciado. A nuestra edad ya no estamos para preludios y cortejos. Somos tipos que necesitamos acción, más acción que las películas de Bruce Willis y Van Damme. Usted sabe. Directo al grano. Un partido de futbol es aburrido si no hay goles en los primeros minutos.

─¡Eres una mujer muy bonita! ¡Un deseo llamado María Coral! ─recité.

Se me acerca y me da un beso. Esto desata mis más bajos instintos. Dentro de mí me digo: ¡Ese trasero va a ser mío!

Entonces aprovecho en tocarla por primera vez y suelto sus labios.

─Mi madre me decía que no debo besar a nadie en la primera cita ─bromeo.

─¿Estás forte? ─imita con cierto jadeo y me sujeta con sus manos para besarme.

Tomo su espalda y la beso con mucha energía. Esta vez utilizo la lengua al estilo Gene Simmons del grupo “Kiss”. ¡Guaaa! Ya me siento demasiado excitado. Va a ser el mejor sexo después de años, me dije.

De pronto se aleja de mis labios y pregunta:

─¿Sigues forte?

─¡Síííí! ─grité como un actor porno.

Quiero tener sexo con ella y olvidar las escenas del practicante. Consideraba que no me iba a creer “el suertudo” de mi primo. Al instante, maldigo a mi ex mujer: Ahora si te olvidaré. ¡Nunca más escucharía la maldita canción: “Love hurts”!

Por un instante pienso que va a desnudarse en mi oficina porque toma los botones de su saco y los desabrocha. Uno por uno. Lentamente. Entonces saca una pistola con puntero laser como la de Terminator y me apunta al fiel estilo de la actriz Linda Hamilton que interpreta a Sarah Connor:

─¡Carajo! ¡Dame la clave de seguridad de la bóveda! ─gritó.

Creo que me desmayo. Como sea, cuando despierto veo que sus compañeros policías la habían capturado. En ese momento comprobé que no soy alguien tan forte.

Es así como sucedió esto señor policía. ¿Será necesario esperar a mi abogado?

 

Este cuento es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

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