En aquellos días sufría mal de amores y no sabía cómo olvidar a una chica. Las mañanas solían empezar siempre con el sonido de la radio y con algo de la luz del sol que ingresaba por la ventana del comedor de la casa. La luz terminaba por despertarnos porque, en mi caso, no podía seguir con los ojos entreabiertos. La tranquilidad matutina solía ser interrumpida por el teléfono de la casa. La mayoría de las llamadas eran para mis padres: algunos de sus clientes ubicaban su nombre en el directorio telefónico y no podían esperar a ser atendidos.

─¿Aló? ─contestaba mi padre─. ¡Puede llamar al teléfono de mi oficina a partir de las nueve de la mañana!

Luego gritaba un hasta luego y colgaba el teléfono.

Después nos miraba y soltaba una frase: “El dinero no viene solo”; cuando no lo decía hacía un gesto con las manos para que olvidáramos la interrupción y recuperásemos nuestro momento familiar: uno de los pocos que nos quedaban juntos. Era una manera de pedir disculpas.

Las interrupciones no impedían olvidar las tareas diarias de la casa que se encontraban escritas en un papel pegado a la puerta de la refrigeradora y sujetado por una publicidad imantada en forma de motocicleta de un restaurante de la zona. Cada miembro de la familia tenía obligaciones dentro de la casa que no podían ser relegadas por las del trabajo o la escuela.

En mi caso me correspondía:

  • Pasear al perro.
  • Bañar al perro.
  • Limpiar el patio.
  • Limpiar la casa cada vez que el perro la ensuciaba; esto a consecuencia de que unos años atrás hiciera una pataleta para tener mascota.
  • Calentar el motor del auto antes que mi padre saliera hacia el trabajo; esto porque conducía un modelo antiguo que requería cierto tiempo para ponerse a punto y salir a la calle sin problemas.

Yo solo esperaba que dentro de un tiempo mi hermano menor asumiera mis tareas.

Sobre el refrigerador de la cocina también se encontraba un viejo estéreo que solo tenía dos bandas: AM (Amplitud Modulada) y FM (Frecuencia Modulada). En este equipo no podía escuchar mis grabaciones en casete; a lo mucho solo podía sintonizar radio Doble Nueve (99.1) y su programa Nostalgia, donde transmitían las canciones clásicas del rock. Funcionaba a pilas cuando no había electricidad, algo muy común en aquel entonces. Cuando eso sucedía, nos sentábamos en la mesa del comedor y conversábamos de cuestiones políticas que yo no prestaba atención por la música.

Solíamos escuchar las noticias del día en una emisora al comienzo de la FM ─una donde siempre reportaban algún crimen pasional─. La secuencia de la noticia era así: el día de la noticia transmitían desde el mismo lugar del evento, en el segundo día desde el velorio de la víctima, el tercer día entrevistaban a los familiares de la víctima, el cuarto día entrevistaban a los testigos y familiares del supuesto causante, y además, nuevamente repetían casos similares que habían ocurrido en el pasado; finalmente, el quinto día empezaba una nueva tragedia. Las malas noticias no superaban este periodo de cinco días. Luego pasarían al archivo.

Mis padres estaban acostumbrados a escuchar política y tragedias en los programas radiales; por eso yo prefería que apagasen la radio o esperar el momento a salir y escuchar algo de música en el estéreo personal. A mi edad ya me sentía casando de las noticias: si no eran tragedias eran accidentes de tránsito con consecuencias fatales. Para evitarlas me concentraba en mi desayuno.

En ese entonces recién había cumplido dieciocho años de edad y me sentía muy afortunado porque había conseguido un empleo. Solo habían pasado unos meses desde mi cumpleaños. Algunos muchachos de mi edad se sorprendían porque ya tenía un puesto de trabajo en un banco en el corazón de San Isidro. “El Manhattan limeño y tan parecido al Wall Street mostrado en las películas”, solía comentar con orgullo. Sin embargo, no podía deshacerme de las tareas de la casa y el uso limitado del teléfono.

─¡Daniel, no olvides tu lonchera! ─advirtió mi madre.

─Hoy es mi primer día de trabajo y no quiero llevar comida ─contesté.

─¿Por qué?

─Me da vergüenza.

─No te voy a dar más dinero solo porque recién empiezas a trabajar. ¿Qué vas a almorzar? ─cuestionó mi padre.

─¡Estoy a dieta! ─exclamé.

Enseguida cogí las llaves y el saco de color azul.

─Parece que fueras a una fiesta de quince años ─bromeó mi hermano menor que se encontraba en pijama: estaba en sus vacaciones de verano.

─¡No lo distraigan que debe llegar a tiempo! ─dictaminó mi padre.

Me despedí y salí. Al dirigirme al paradero de buses traté de evitar pasar por un lugar que me traía malos recuerdos: el hogar de mi exenamorada ─en esa casa de color blanco casi pierdo mi virginidad─. Luego empecé a caminar con más serenidad porque mi primer empleo lo había conseguido gracias a un antiguo amigo de mi padre y no debía verme nervioso. El señor Sánchez cierto día le preguntó a mi padre si deseaba que yo ingresara al banco en donde laboraba. Él sería mi jefe. Acepté. Conocía a sus hijos: Antonio y Álvaro, unos buenos muchachos con quienes también tocamos guitarra, hasta que se echaron a perder con malas juntas y abandonaron la universidad por dedicarse a las mujeres. Uno incluso pasó veinticuatro horas en una comisaría por una pelea callejera. Yo prefería no abusar y no llegar tarde porque sabía que mi tardanza pasaría inadvertida por mi nuevo jefe por la amistad de ambas familias.

Mientras viajaba en el bus hacia San Isidro distinguí que, a partir de las ocho de la mañana, la mayoría de las personas llevaba loncheras y portafolios. Podía apreciarse a simple vista dos tipos de personas, los estudiantes y los trabajadores, pero en ambos encontraba algo en común: la mayoría llevaba audífonos. “Será motivo para empezar a escuchar algo de música”, pensé mientras iniciaba [Starship – We Built This City]:

 

“We Built This City,

We Built This City On Rock And Roll”.

 

Lo importante de conseguir un trabajo a los dieciocho años es recibir algo de dinero extra para salir y gastar en excentricidades, ropa, discos, una casaca de marca, cualquier cosa. Había alcanzado la libertad económica de mis padres, pues en los siguientes días no tendría mi almuerzo preparado con ingredientes del mercado del distrito. Consideré que conocería a nuevos amigos y compañeros de trabajo y almorzaría con ellos en algún sitio, quizá algún lugar cercano a la oficina donde acuden otros jóvenes de la zona financiera. Quería considerar la posibilidad de encontrar a alguien que me ayudase a olvidar aquella última decepción amorosa. Olvidar a la mujer de quien me escondía cada vez que caminaba por su casa.

Esas desilusiones habían logrado quitarme el sueño varios meses atrás. Por esto había decidido apartarme de todo lo vinculado a una extraña y compleja relación. Aquella que empezó con un beso y terminó con un alejamiento inesperado. A veces uno puede considerar que el tiempo ayuda a olvidar las malas experiencias, pero luego compruebas que no es así. Para esto solo se necesita más rock, sea en grabaciones o en la radio de Frecuencia Modulada.

No necesitaba más tiempo para olvidar. Necesitaba más sonidos de guitarras estridentes, aquellos ‘solos’ de guitarra en los cuales uno se puede integrar con cualquier instrumento para llevar el ritmo de la música en la calle o en el tumulto dentro del bus. Me encontraba a la búsqueda de la lista de canciones más influyentes del rock, una aventura poco cotidiana. Sabía que no toda la música se podía encontrar en la FM.

En el bus subí más el volumen para que las personas a mi alrededor escucharan [Dire Straits – Money For Nothing]. En esta canción Mark Knopfler ─el guitarrista─ es demasiado bueno a partir del segundo 0:35. Allí es cuando en realidad comienza la canción, la carta de presentación de un destacado guitarrista. Sin embargo, los Dire Straits también tienen un buen bajista, pero los bajistas pocas veces son reconocidos. Yo alguna vez había tocado el bajo.

A veces me cuestionaba haber preferido ser guitarrista antes que bajista. Es similar a lo que ocurre en el fútbol: todos quieren ser delanteros y casi nadie arquero o defensa. Lo mismo sucede en el ajedrez: son pocas las personas que cuando tienen la oportunidad escogen jugar con las fichas negras. La mayoría elige las fichas blancas porque considera que es una ventaja iniciar la partida. En el caso del rock, el guitarrista no siempre inicia la canción.

Yo no había elegido ser bajista. Llevaba un guitarrista dentro de mí que aún no había salido a la luz.

Mientras disfrutaba el tema, alguien me tocó el hombro. Pensé que sería alguien a quien también le gustaba el rock y me haría alguna recomendación musical. “Si es una chica, mejor”, pensé. Al voltear noté que era un viejo con cara de enojo y la frente arrugada. Llevaba puesta una corbata con figuras de naipes. ¡Qué seriedad! ¡Qué vicio! Solo espero no terminar así al momento de la jubilación.

─¡Jovenzuelo, baje ese volumen! ─gritó.

─¿Qué? ─pregunté mientras me quitaba el audífono izquierdo.

─¡Baje el volumen!

─Lo haré. Pero “jovenzuelo” suena casi a “mujerzuela”.

─¿Entonces sí me escuchó la primera vez? ─inquirió.

─Sí lo escuché ─respondí mientras volvía a colocarme el audífono y bajaba el volumen del equipo.

Desde que había cumplido dieciocho años ya no solía elevar tanto el volumen. Antes sí abusaba de mis oídos: cuestionaba aquellas recomendaciones acerca del posible daño de los audífonos. No quería quedarme sordo a la vejez. Pero también reconocía que la música es una especie de anestesia que impide sentir algún tipo de dolor sentimental. La música no es nociva. En realidad, las canciones son la motivación que uno puede necesitar frente a un nuevo día sin aquello que concluyó de manera abrupta la noche anterior. Por eso es que en el bus había decidido utilizar la máxima potencia de los audífonos. Quería olvidar la noche anterior que había visto a mi exenamorada besándose con su actual pareja.

Por momentos extrañaba aquellos días en los cuales recibíamos aplausos y pifias cuando era parte de un grupo adolescente de rock con Luciano y Tomás. Nuestra agrupación se llamaba Frecuencia Modulada. En esa época los tres vestíamos camisetas negras con las siglas FM. En esos años las canciones eran la vitamina necesaria para crecer en la adolescencia, mientras que la amistad era la canción que nos mantenía unidos frente a las discusiones y los problemas. La única manera de retomar la amistad era compartir algo de música en forma de trueque de pensamientos y relatos. Luego de mucho tiempo lo que nos mantenía como amigos eran aquellas canciones compartidas y dedicadas en momentos especiales. Fuera de hacer música, vivíamos con las grabaciones que compartíamos.

No obstante, los temas que había grabado para mi enamorada no habían logrado mantenerla a mi lado; yo pretendía distanciarme y olvidarla pero al fracasar me interesaba más por saber en qué andaba. Aún me gustaba. La mente no es como una grabación que se puede grabar una y otra vez para registrar nuevas canciones o nuevos recuerdos. No se puede borrar y sobreescribir los recuerdos.

Cuando llegué a la oficina consideré que las horas de trabajo me ayudarían a pasar la página. Me consideraba un tipo tranquilo pero con algo de mala suerte. No era muy elocuente y desenvuelto frente a una chica, pero sí apasionado con quien me gustara.

Crucé la puerta de ingreso y saludé.

─¡Buenos días! ─dijo una señorita muy guapa.

Por un instante pensé que era parte de un comité de bienvenida, porque se encontraba de pie y llevaba un ““fotocheck”” rectangular con su foto y nombre sobre el saco azul:

Janis

 

─Buenos días ─repitió mientras yo me preguntaba si ella sabría quién era Janis Joplin.

─Hola, busco al señor Máximo Sánchez ─señalé. “Esto pinta muy bien”, pensé al mirar a la joven que era casi de mi edad, quizá mayor por unos cuantos meses.

─Espere un momento ─indicó─. Tome asiento.

Mientras la joven con el nombre de la Dama del Rock y Blues realizaba algunas coordinaciones por el teléfono, mantenía su sonrisa hacia todo aquel que pretendía ingresar al banco menos a los desconocidos como yo, que aparecíamos por primera vez por allí.

─Señorita, han pasado veinte minutos. ¿Qué ha sucedido? ─reclamé con algo de impaciencia.

─Espere un momento ─dijo mientras se acomodaba los lentes color lila─. El señor Sánchez ha sido cambiado a una agencia fuera de la ciudad pero lo va a atender el señor Hugo Espinoza.

─De acuerdo.

─¡Precisamente ahí viene!

Me señaló a un tipo medianamente mayor que se acercaba con una sonrisa y disfrutaba también de su presencia. Era un hombre que se parecía a Michel Platini del Mundial de México 1986.

─¡Buenos días! ─saludé.

─¡Bienvenido, pase por aquí! ─indicó el señor vestido con traje negro.

Mientras caminábamos hacia el ascensor me explicó que sería mi jefe porque había llegado hacía una semana a la oficina como reemplazo del amigo de mi padre y por un corto periodo. Yo me sentía confundido porque había tenido expectativas inusuales de un empleo con contemplaciones y concesiones de parte de mi superior, y de pronto estas desaparecían. Frente a un jefe sin algún tipo de vinculo amical, consideré que tendría un escenario sin tiempos de relajo y diferente al anhelado. El trabajo sería algo formal y estricto, ya no sería la continuación de las tareas de la casa o de los estudios. En ese momento me hubiera conformado con obtener el número de teléfono de la chica Janis. Por lo menos conocía de su existencia.

─¡Este será tu sitio! ─dispuso.

─¿Estaré aquí encerrado? ─pregunté.

─Sí.

─¡No hay ventanas!

Mantenía la expectativa de tener un sillón cómodo y un amplio escritorio para colocar un estéreo. Sobre todo ansiaba tener una espléndida vista hacia la calle desde el piso dieciséis, porque al ingresar había notado que el edificio estaba recubierto de ventanales.

─No te preocupes, el anterior muchacho no murió asfixiado. Además, tienes aire acondicionado ─bromeó.

Mientras revisaba el escritorio encontré algunas pertenencias de la persona que me había precedido en el puesto.

─¿Quién fue el anterior usuario de este sitio? ─pregunté─. Ha dejado estas grabaciones en el cajón.

─¡Dámelas! ─exclamó─. Yo las guardaré.

─¿Puedo escuchar música durante el trabajo? ─consulté.

─Escucha ─dijo mientras señalaba el techo recubierto por unas láminas que no dejaban oír el ruido de la calle.

─No entiendo.

─Tenemos música ambiental, las canciones instrumentales suenan desde los ascensores ─bromeó.

─Entiendo. Si presta atención es [Pink Floyd – Money]. ¿La reconoce? ─pregunté.

─¡Claro! ─exclamó nuevamente─. Si te aburres, tienes el teléfono para llamar a quien desees. No me opongo a que lo utilices. ¡Empecemos!

Mientras explicaba cuáles serían mis funciones en aquella área del banco, se escuchaba al fondo que las canciones instrumentales eran en realidad canciones clásicas del rock. Solo bastaba unos segundos para reconocer la original, pero al estar sin el acorde de guitarras y baterías sonaba de manera diferente. Predominaba el sonido del bajo pero con un ritmo de acompañamiento digital, casi de modo similar a esos temas que suenan en los relojes con alarma.

Frente a aquellos documentos no había otra opción para el aburrimiento que el teléfono. Una opción era, tal vez, coger el auricular del teléfono y timbrar el número de algún amigo. Podía ser buena idea llamar a mi ex y decirle “¡Hola, ahora soy un empleado bancario!”.

“Te llamo desde mi oficina con vista a los edificios de San Isidro”, le diría luego. “Sí, tengo un teléfono a mi disposición. Podemos hablar de forma ilimitada…”. “Ya quisieras estar en mi lugar”, le bromearía.

Estas pudieron ser las palabras y frases correctas para hablar con la chica que se había ido con un motociclista, pero a decir verdad se las dije a mi hermano menor porque el resto de mis amigos se encontraba estudiando o preparándose para el ingreso a la universidad. “¡Tengo que colgar!… Necesitan mi opinión”, mentí mientras veía que el resto de la oficina me observaba con cierto aire de rechazo por mi uso desmedido e injustificado del teléfono.

Eran personas mayores que también hablaban por teléfono pero por razones de trabajo. Yo era el único tipo joven de aquella área. Mis nuevos compañeros no me veían con buenos ojos: al parecer eran muy amigos de la persona a quien reemplazaba.

En ese momento maldecía a aquel sujeto con motocicleta que parecía repartidor de pizzas. En realidad, aquel sujeto era algo mayor pero en algún momento se inició como repartidor de pizzas. Así había conocido a mi chica. Ahora era supervisor de los repartidores de pizza.

Habían pasado algunos meses desde que me separara de ella. “¡Él por lo menos trabaja, a diferencia de ti!”, fue lo que me soltó en un arranque de furia al terminar nuestra relación. En realidad su alegato para cortar había sido que “lo nuestro no funcionaba”. Tras ello, yo consideraba que lo importante era trabajar y adquirir un teléfono celular para llamarla. No pensaba regresar a verla con las manos vacías.

A pesar de haber transcurrido unos meses y varias discusiones cada vez que nos veíamos, mantenía la ilusión que quizá al verme con teléfono celular y algo de dinero ella volvería a enamorarse de mí. Imaginaba el escenario en el cual me contestaría desde su habitación con balcón hacia la calle. Yo le diría: “Mira por la ventana, te tengo una sorpresa, estoy afuera con mi teléfono celular”. Quizá reconsideraría regresar conmigo. Ya no era el mismo sujeto que ella rechazó, aquel adolescente rockero sin empleo y poca reputación, en esa época en la que solo tenía dinero por las propinas de mis padres. Esta vez recibiría un sueldo cada mes y abandonaría mis ropas oscuras para vestir un traje color azul, tan azul como los colores del banco, y un “fotocheck” con un retrato que me identificaría como funcionario, similar al que portaba “Janis”, con la única diferencia de que mi nombre no era rockero para nada.

─¿Señor Espinoza?

─Dime, muchacho.

─¿Qué modelo y marca de teléfono celular me recomendaría para comprar? ─me animé a consultarle.

─¿Por qué quieres comprar un teléfono celular si de este viejo teléfono puedes llamar gratis a todos tus amigos y amigas? ─preguntó mientras alzaba el auricular del aparato de mi escritorio.

─Solo pensaba invertir mi primer sueldo en un teléfono celular.

─Mira, trabajo desde hace veinte años en este banco y no tengo teléfono celular. Cuando tú naciste yo estaba en tu lugar. Tú llevas un día. No tiene sentido ─alegó.

─Solo quería impresionar a alguien…

─Hijo, si quieres impresionar a alguien, será con el esfuerzo y dedicación en tu trabajo y estudios. Cuando lo logres allí también me comprarás un teléfono celular ─agregó, mientras sonreía.

─Gracias, señor.

─Ya llegó la hora de salida. ¿Qué esperas para retirarte?

─¿Me permite hacer una última llamada?

─De acuerdo. Yo sí me voy para evitar el tráfico. ¡Hasta mañana! ─se despidió.

La oficina había quedado vacía. Eran las cinco y media de la tarde y el resto de colegas se alistaba para retirarse. Fue en ese momento que me acerqué a la oficina del señor Espinoza para dejar unos documentos y observé su escritorio con asiento de cuero, desde el cual tenía una vista privilegiada hacia los demás edificios del centro financiero. Su espacio estaba separado del de nosotros, por lo que no compartía la música ambiental y el bullicio de los teléfonos que timbraban en cada momento.

En el escritorio se observaba una taza de cerámica y unos cuadros de fotografías. Quizá era su familia. Detrás de su escritorio había un estante con unos libros en forma de enciclopedia y aviones a escala. Parecía que era su pasión: coleccionar ese tipo de objetos ensamblados con dedicación y paciencia. Esas eran las virtudes del nuevo jefe, dado que no parecía autoritario. Él, al igual que el repartidor de pizzas, había empezado desde cero. Tal como sucedía conmigo ese día.

 

Este relato es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

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