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Escritura y música

En este espacio se encuentra una infinita interacción entre versos y canciones

Categoría

Frecuencia Modulada

Viernes negro para Canciones para escapar & Frecuencia Modulada

Estimados lectores y amigos,

Hoy puedes adquirir de forma gratuita mis dos novelas musicales. goo.gl/8AMkVl

No olvides de leer y escuchar las canciones. Un abrazo desde Lima Perú.

Gonzalo

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Relato: Money for nothing

En aquellos días sufría mal de amores y no sabía cómo olvidar a una chica. Las mañanas solían empezar siempre con el sonido de la radio y con algo de la luz del sol que ingresaba por la ventana del comedor de la casa. La luz terminaba por despertarnos porque, en mi caso, no podía seguir con los ojos entreabiertos. La tranquilidad matutina solía ser interrumpida por el teléfono de la casa. La mayoría de las llamadas eran para mis padres: algunos de sus clientes ubicaban su nombre en el directorio telefónico y no podían esperar a ser atendidos.

─¿Aló? ─contestaba mi padre─. ¡Puede llamar al teléfono de mi oficina a partir de las nueve de la mañana!

Luego gritaba un hasta luego y colgaba el teléfono.

Después nos miraba y soltaba una frase: “El dinero no viene solo”; cuando no lo decía hacía un gesto con las manos para que olvidáramos la interrupción y recuperásemos nuestro momento familiar: uno de los pocos que nos quedaban juntos. Era una manera de pedir disculpas.

Las interrupciones no impedían olvidar las tareas diarias de la casa que se encontraban escritas en un papel pegado a la puerta de la refrigeradora y sujetado por una publicidad imantada en forma de motocicleta de un restaurante de la zona. Cada miembro de la familia tenía obligaciones dentro de la casa que no podían ser relegadas por las del trabajo o la escuela.

En mi caso me correspondía:

  • Pasear al perro.
  • Bañar al perro.
  • Limpiar el patio.
  • Limpiar la casa cada vez que el perro la ensuciaba; esto a consecuencia de que unos años atrás hiciera una pataleta para tener mascota.
  • Calentar el motor del auto antes que mi padre saliera hacia el trabajo; esto porque conducía un modelo antiguo que requería cierto tiempo para ponerse a punto y salir a la calle sin problemas.

Yo solo esperaba que dentro de un tiempo mi hermano menor asumiera mis tareas.

Sobre el refrigerador de la cocina también se encontraba un viejo estéreo que solo tenía dos bandas: AM (Amplitud Modulada) y FM (Frecuencia Modulada). En este equipo no podía escuchar mis grabaciones en casete; a lo mucho solo podía sintonizar radio Doble Nueve (99.1) y su programa Nostalgia, donde transmitían las canciones clásicas del rock. Funcionaba a pilas cuando no había electricidad, algo muy común en aquel entonces. Cuando eso sucedía, nos sentábamos en la mesa del comedor y conversábamos de cuestiones políticas que yo no prestaba atención por la música.

Solíamos escuchar las noticias del día en una emisora al comienzo de la FM ─una donde siempre reportaban algún crimen pasional─. La secuencia de la noticia era así: el día de la noticia transmitían desde el mismo lugar del evento, en el segundo día desde el velorio de la víctima, el tercer día entrevistaban a los familiares de la víctima, el cuarto día entrevistaban a los testigos y familiares del supuesto causante, y además, nuevamente repetían casos similares que habían ocurrido en el pasado; finalmente, el quinto día empezaba una nueva tragedia. Las malas noticias no superaban este periodo de cinco días. Luego pasarían al archivo.

Mis padres estaban acostumbrados a escuchar política y tragedias en los programas radiales; por eso yo prefería que apagasen la radio o esperar el momento a salir y escuchar algo de música en el estéreo personal. A mi edad ya me sentía casando de las noticias: si no eran tragedias eran accidentes de tránsito con consecuencias fatales. Para evitarlas me concentraba en mi desayuno.

En ese entonces recién había cumplido dieciocho años de edad y me sentía muy afortunado porque había conseguido un empleo. Solo habían pasado unos meses desde mi cumpleaños. Algunos muchachos de mi edad se sorprendían porque ya tenía un puesto de trabajo en un banco en el corazón de San Isidro. “El Manhattan limeño y tan parecido al Wall Street mostrado en las películas”, solía comentar con orgullo. Sin embargo, no podía deshacerme de las tareas de la casa y el uso limitado del teléfono.

─¡Daniel, no olvides tu lonchera! ─advirtió mi madre.

─Hoy es mi primer día de trabajo y no quiero llevar comida ─contesté.

─¿Por qué?

─Me da vergüenza.

─No te voy a dar más dinero solo porque recién empiezas a trabajar. ¿Qué vas a almorzar? ─cuestionó mi padre.

─¡Estoy a dieta! ─exclamé.

Enseguida cogí las llaves y el saco de color azul.

─Parece que fueras a una fiesta de quince años ─bromeó mi hermano menor que se encontraba en pijama: estaba en sus vacaciones de verano.

─¡No lo distraigan que debe llegar a tiempo! ─dictaminó mi padre.

Me despedí y salí. Al dirigirme al paradero de buses traté de evitar pasar por un lugar que me traía malos recuerdos: el hogar de mi exenamorada ─en esa casa de color blanco casi pierdo mi virginidad─. Luego empecé a caminar con más serenidad porque mi primer empleo lo había conseguido gracias a un antiguo amigo de mi padre y no debía verme nervioso. El señor Sánchez cierto día le preguntó a mi padre si deseaba que yo ingresara al banco en donde laboraba. Él sería mi jefe. Acepté. Conocía a sus hijos: Antonio y Álvaro, unos buenos muchachos con quienes también tocamos guitarra, hasta que se echaron a perder con malas juntas y abandonaron la universidad por dedicarse a las mujeres. Uno incluso pasó veinticuatro horas en una comisaría por una pelea callejera. Yo prefería no abusar y no llegar tarde porque sabía que mi tardanza pasaría inadvertida por mi nuevo jefe por la amistad de ambas familias.

Mientras viajaba en el bus hacia San Isidro distinguí que, a partir de las ocho de la mañana, la mayoría de las personas llevaba loncheras y portafolios. Podía apreciarse a simple vista dos tipos de personas, los estudiantes y los trabajadores, pero en ambos encontraba algo en común: la mayoría llevaba audífonos. “Será motivo para empezar a escuchar algo de música”, pensé mientras iniciaba [Starship – We Built This City]:

 

“We Built This City,

We Built This City On Rock And Roll”.

 

Lo importante de conseguir un trabajo a los dieciocho años es recibir algo de dinero extra para salir y gastar en excentricidades, ropa, discos, una casaca de marca, cualquier cosa. Había alcanzado la libertad económica de mis padres, pues en los siguientes días no tendría mi almuerzo preparado con ingredientes del mercado del distrito. Consideré que conocería a nuevos amigos y compañeros de trabajo y almorzaría con ellos en algún sitio, quizá algún lugar cercano a la oficina donde acuden otros jóvenes de la zona financiera. Quería considerar la posibilidad de encontrar a alguien que me ayudase a olvidar aquella última decepción amorosa. Olvidar a la mujer de quien me escondía cada vez que caminaba por su casa.

Esas desilusiones habían logrado quitarme el sueño varios meses atrás. Por esto había decidido apartarme de todo lo vinculado a una extraña y compleja relación. Aquella que empezó con un beso y terminó con un alejamiento inesperado. A veces uno puede considerar que el tiempo ayuda a olvidar las malas experiencias, pero luego compruebas que no es así. Para esto solo se necesita más rock, sea en grabaciones o en la radio de Frecuencia Modulada.

No necesitaba más tiempo para olvidar. Necesitaba más sonidos de guitarras estridentes, aquellos ‘solos’ de guitarra en los cuales uno se puede integrar con cualquier instrumento para llevar el ritmo de la música en la calle o en el tumulto dentro del bus. Me encontraba a la búsqueda de la lista de canciones más influyentes del rock, una aventura poco cotidiana. Sabía que no toda la música se podía encontrar en la FM.

En el bus subí más el volumen para que las personas a mi alrededor escucharan [Dire Straits – Money For Nothing]. En esta canción Mark Knopfler ─el guitarrista─ es demasiado bueno a partir del segundo 0:35. Allí es cuando en realidad comienza la canción, la carta de presentación de un destacado guitarrista. Sin embargo, los Dire Straits también tienen un buen bajista, pero los bajistas pocas veces son reconocidos. Yo alguna vez había tocado el bajo.

A veces me cuestionaba haber preferido ser guitarrista antes que bajista. Es similar a lo que ocurre en el fútbol: todos quieren ser delanteros y casi nadie arquero o defensa. Lo mismo sucede en el ajedrez: son pocas las personas que cuando tienen la oportunidad escogen jugar con las fichas negras. La mayoría elige las fichas blancas porque considera que es una ventaja iniciar la partida. En el caso del rock, el guitarrista no siempre inicia la canción.

Yo no había elegido ser bajista. Llevaba un guitarrista dentro de mí que aún no había salido a la luz.

Mientras disfrutaba el tema, alguien me tocó el hombro. Pensé que sería alguien a quien también le gustaba el rock y me haría alguna recomendación musical. “Si es una chica, mejor”, pensé. Al voltear noté que era un viejo con cara de enojo y la frente arrugada. Llevaba puesta una corbata con figuras de naipes. ¡Qué seriedad! ¡Qué vicio! Solo espero no terminar así al momento de la jubilación.

─¡Jovenzuelo, baje ese volumen! ─gritó.

─¿Qué? ─pregunté mientras me quitaba el audífono izquierdo.

─¡Baje el volumen!

─Lo haré. Pero “jovenzuelo” suena casi a “mujerzuela”.

─¿Entonces sí me escuchó la primera vez? ─inquirió.

─Sí lo escuché ─respondí mientras volvía a colocarme el audífono y bajaba el volumen del equipo.

Desde que había cumplido dieciocho años ya no solía elevar tanto el volumen. Antes sí abusaba de mis oídos: cuestionaba aquellas recomendaciones acerca del posible daño de los audífonos. No quería quedarme sordo a la vejez. Pero también reconocía que la música es una especie de anestesia que impide sentir algún tipo de dolor sentimental. La música no es nociva. En realidad, las canciones son la motivación que uno puede necesitar frente a un nuevo día sin aquello que concluyó de manera abrupta la noche anterior. Por eso es que en el bus había decidido utilizar la máxima potencia de los audífonos. Quería olvidar la noche anterior que había visto a mi exenamorada besándose con su actual pareja.

Por momentos extrañaba aquellos días en los cuales recibíamos aplausos y pifias cuando era parte de un grupo adolescente de rock con Luciano y Tomás. Nuestra agrupación se llamaba Frecuencia Modulada. En esa época los tres vestíamos camisetas negras con las siglas FM. En esos años las canciones eran la vitamina necesaria para crecer en la adolescencia, mientras que la amistad era la canción que nos mantenía unidos frente a las discusiones y los problemas. La única manera de retomar la amistad era compartir algo de música en forma de trueque de pensamientos y relatos. Luego de mucho tiempo lo que nos mantenía como amigos eran aquellas canciones compartidas y dedicadas en momentos especiales. Fuera de hacer música, vivíamos con las grabaciones que compartíamos.

No obstante, los temas que había grabado para mi enamorada no habían logrado mantenerla a mi lado; yo pretendía distanciarme y olvidarla pero al fracasar me interesaba más por saber en qué andaba. Aún me gustaba. La mente no es como una grabación que se puede grabar una y otra vez para registrar nuevas canciones o nuevos recuerdos. No se puede borrar y sobreescribir los recuerdos.

Cuando llegué a la oficina consideré que las horas de trabajo me ayudarían a pasar la página. Me consideraba un tipo tranquilo pero con algo de mala suerte. No era muy elocuente y desenvuelto frente a una chica, pero sí apasionado con quien me gustara.

Crucé la puerta de ingreso y saludé.

─¡Buenos días! ─dijo una señorita muy guapa.

Por un instante pensé que era parte de un comité de bienvenida, porque se encontraba de pie y llevaba un ““fotocheck”” rectangular con su foto y nombre sobre el saco azul:

Janis

 

─Buenos días ─repitió mientras yo me preguntaba si ella sabría quién era Janis Joplin.

─Hola, busco al señor Máximo Sánchez ─señalé. “Esto pinta muy bien”, pensé al mirar a la joven que era casi de mi edad, quizá mayor por unos cuantos meses.

─Espere un momento ─indicó─. Tome asiento.

Mientras la joven con el nombre de la Dama del Rock y Blues realizaba algunas coordinaciones por el teléfono, mantenía su sonrisa hacia todo aquel que pretendía ingresar al banco menos a los desconocidos como yo, que aparecíamos por primera vez por allí.

─Señorita, han pasado veinte minutos. ¿Qué ha sucedido? ─reclamé con algo de impaciencia.

─Espere un momento ─dijo mientras se acomodaba los lentes color lila─. El señor Sánchez ha sido cambiado a una agencia fuera de la ciudad pero lo va a atender el señor Hugo Espinoza.

─De acuerdo.

─¡Precisamente ahí viene!

Me señaló a un tipo medianamente mayor que se acercaba con una sonrisa y disfrutaba también de su presencia. Era un hombre que se parecía a Michel Platini del Mundial de México 1986.

─¡Buenos días! ─saludé.

─¡Bienvenido, pase por aquí! ─indicó el señor vestido con traje negro.

Mientras caminábamos hacia el ascensor me explicó que sería mi jefe porque había llegado hacía una semana a la oficina como reemplazo del amigo de mi padre y por un corto periodo. Yo me sentía confundido porque había tenido expectativas inusuales de un empleo con contemplaciones y concesiones de parte de mi superior, y de pronto estas desaparecían. Frente a un jefe sin algún tipo de vinculo amical, consideré que tendría un escenario sin tiempos de relajo y diferente al anhelado. El trabajo sería algo formal y estricto, ya no sería la continuación de las tareas de la casa o de los estudios. En ese momento me hubiera conformado con obtener el número de teléfono de la chica Janis. Por lo menos conocía de su existencia.

─¡Este será tu sitio! ─dispuso.

─¿Estaré aquí encerrado? ─pregunté.

─Sí.

─¡No hay ventanas!

Mantenía la expectativa de tener un sillón cómodo y un amplio escritorio para colocar un estéreo. Sobre todo ansiaba tener una espléndida vista hacia la calle desde el piso dieciséis, porque al ingresar había notado que el edificio estaba recubierto de ventanales.

─No te preocupes, el anterior muchacho no murió asfixiado. Además, tienes aire acondicionado ─bromeó.

Mientras revisaba el escritorio encontré algunas pertenencias de la persona que me había precedido en el puesto.

─¿Quién fue el anterior usuario de este sitio? ─pregunté─. Ha dejado estas grabaciones en el cajón.

─¡Dámelas! ─exclamó─. Yo las guardaré.

─¿Puedo escuchar música durante el trabajo? ─consulté.

─Escucha ─dijo mientras señalaba el techo recubierto por unas láminas que no dejaban oír el ruido de la calle.

─No entiendo.

─Tenemos música ambiental, las canciones instrumentales suenan desde los ascensores ─bromeó.

─Entiendo. Si presta atención es [Pink Floyd – Money]. ¿La reconoce? ─pregunté.

─¡Claro! ─exclamó nuevamente─. Si te aburres, tienes el teléfono para llamar a quien desees. No me opongo a que lo utilices. ¡Empecemos!

Mientras explicaba cuáles serían mis funciones en aquella área del banco, se escuchaba al fondo que las canciones instrumentales eran en realidad canciones clásicas del rock. Solo bastaba unos segundos para reconocer la original, pero al estar sin el acorde de guitarras y baterías sonaba de manera diferente. Predominaba el sonido del bajo pero con un ritmo de acompañamiento digital, casi de modo similar a esos temas que suenan en los relojes con alarma.

Frente a aquellos documentos no había otra opción para el aburrimiento que el teléfono. Una opción era, tal vez, coger el auricular del teléfono y timbrar el número de algún amigo. Podía ser buena idea llamar a mi ex y decirle “¡Hola, ahora soy un empleado bancario!”.

“Te llamo desde mi oficina con vista a los edificios de San Isidro”, le diría luego. “Sí, tengo un teléfono a mi disposición. Podemos hablar de forma ilimitada…”. “Ya quisieras estar en mi lugar”, le bromearía.

Estas pudieron ser las palabras y frases correctas para hablar con la chica que se había ido con un motociclista, pero a decir verdad se las dije a mi hermano menor porque el resto de mis amigos se encontraba estudiando o preparándose para el ingreso a la universidad. “¡Tengo que colgar!… Necesitan mi opinión”, mentí mientras veía que el resto de la oficina me observaba con cierto aire de rechazo por mi uso desmedido e injustificado del teléfono.

Eran personas mayores que también hablaban por teléfono pero por razones de trabajo. Yo era el único tipo joven de aquella área. Mis nuevos compañeros no me veían con buenos ojos: al parecer eran muy amigos de la persona a quien reemplazaba.

En ese momento maldecía a aquel sujeto con motocicleta que parecía repartidor de pizzas. En realidad, aquel sujeto era algo mayor pero en algún momento se inició como repartidor de pizzas. Así había conocido a mi chica. Ahora era supervisor de los repartidores de pizza.

Habían pasado algunos meses desde que me separara de ella. “¡Él por lo menos trabaja, a diferencia de ti!”, fue lo que me soltó en un arranque de furia al terminar nuestra relación. En realidad su alegato para cortar había sido que “lo nuestro no funcionaba”. Tras ello, yo consideraba que lo importante era trabajar y adquirir un teléfono celular para llamarla. No pensaba regresar a verla con las manos vacías.

A pesar de haber transcurrido unos meses y varias discusiones cada vez que nos veíamos, mantenía la ilusión que quizá al verme con teléfono celular y algo de dinero ella volvería a enamorarse de mí. Imaginaba el escenario en el cual me contestaría desde su habitación con balcón hacia la calle. Yo le diría: “Mira por la ventana, te tengo una sorpresa, estoy afuera con mi teléfono celular”. Quizá reconsideraría regresar conmigo. Ya no era el mismo sujeto que ella rechazó, aquel adolescente rockero sin empleo y poca reputación, en esa época en la que solo tenía dinero por las propinas de mis padres. Esta vez recibiría un sueldo cada mes y abandonaría mis ropas oscuras para vestir un traje color azul, tan azul como los colores del banco, y un “fotocheck” con un retrato que me identificaría como funcionario, similar al que portaba “Janis”, con la única diferencia de que mi nombre no era rockero para nada.

─¿Señor Espinoza?

─Dime, muchacho.

─¿Qué modelo y marca de teléfono celular me recomendaría para comprar? ─me animé a consultarle.

─¿Por qué quieres comprar un teléfono celular si de este viejo teléfono puedes llamar gratis a todos tus amigos y amigas? ─preguntó mientras alzaba el auricular del aparato de mi escritorio.

─Solo pensaba invertir mi primer sueldo en un teléfono celular.

─Mira, trabajo desde hace veinte años en este banco y no tengo teléfono celular. Cuando tú naciste yo estaba en tu lugar. Tú llevas un día. No tiene sentido ─alegó.

─Solo quería impresionar a alguien…

─Hijo, si quieres impresionar a alguien, será con el esfuerzo y dedicación en tu trabajo y estudios. Cuando lo logres allí también me comprarás un teléfono celular ─agregó, mientras sonreía.

─Gracias, señor.

─Ya llegó la hora de salida. ¿Qué esperas para retirarte?

─¿Me permite hacer una última llamada?

─De acuerdo. Yo sí me voy para evitar el tráfico. ¡Hasta mañana! ─se despidió.

La oficina había quedado vacía. Eran las cinco y media de la tarde y el resto de colegas se alistaba para retirarse. Fue en ese momento que me acerqué a la oficina del señor Espinoza para dejar unos documentos y observé su escritorio con asiento de cuero, desde el cual tenía una vista privilegiada hacia los demás edificios del centro financiero. Su espacio estaba separado del de nosotros, por lo que no compartía la música ambiental y el bullicio de los teléfonos que timbraban en cada momento.

En el escritorio se observaba una taza de cerámica y unos cuadros de fotografías. Quizá era su familia. Detrás de su escritorio había un estante con unos libros en forma de enciclopedia y aviones a escala. Parecía que era su pasión: coleccionar ese tipo de objetos ensamblados con dedicación y paciencia. Esas eran las virtudes del nuevo jefe, dado que no parecía autoritario. Él, al igual que el repartidor de pizzas, había empezado desde cero. Tal como sucedía conmigo ese día.

 

Este relato es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

Relato: El número equivocado

Señor: el problema comenzó la noche anterior. En la actualidad, mi rutina solo es el trabajo y mi casa. Por eso cuando termina el horario de trabajo en la oficina prefiero salir de inmediato. Salvo aquella tarde que decidí permanecer un momento más en la oficina. Como decía, una vez en el auto, lo enciendo al mismo tiempo que la radio. Así me desconecto y alejo de todo lo relacionado al trabajo. Con la radio me desconecto.

Casi siempre sintonizo las primeras emisoras del dial en la Frecuencia Modulada (FM). En la radio siempre repiten las mismas canciones: algunos temas vuelven a sonar cada hora y media. Igual insisto con la primera estación del dial. La mayoría de canciones de la radio no son las que suenan en la oficina en su versión instrumental. Mi género musical favorito es lo que llaman música para adultos: easy listening. Suena lógico: ya estoy por llegar a los cuarenta años. En la siguiente estación suelo escuchar el reporte del tiempo y tráfico, y también las noticias policiales. Hoy día destaca y mantiene en vilo a los oyentes –la medida del gobierno de turno de cerrar el Congreso de la República, algo típico de un gobierno autoritario–.

¿Por qué digo esto? En seguida le digo la razón.

En la radio también me llama la atención los comerciales que acompañan a la transmisión. Suelen ser narrados por personas de una voz excepcional y diferente a la de cualquier persona. Quizá reciten mensajes subliminales entre líneas. En la mayoría de casos, las frases quedan en el subconsciente. Esto lo compruebo cuando salgo a realizar las compras para la comida y la limpieza de la casa: la voz del locutor o locutora se repite en mi cabeza una y otra vez. Por ejemplo la frase: “se mantiene joven aunque pasen los años”. ¿Usted la conoce?

Volviendo a mi rutina, cuando regreso a mi casa sigo con la música y preparo mi trabajo para el día siguiente. Luego cojo algún libro para leerlo en silencio y sin música. Todo es diferente cuando uno es divorciado. ¿Podrá imaginárselo? Además, la casa es demasiado grande para mi, ya no es igual sin mis padres. Ellos partieron hace dos años. En aquellos días todas las llamadas por teléfono eran para ellos o para preguntar por su estado de salud. Ahora, cuando suena el teléfono, definitivamente la llamada es para mí: no me queda ninguna duda. Es lo que supe, por ejemplo, aquella noche que empezara a trabajar en la sede del banco en San Isidro. El pequeño Manhattan limeño.

Los vigilantes del local me reportaron por teléfono un hecho inusual: habían encontrado al practicante del área teniendo sexo con una joven en las oficinas. Exactamente dentro de mi oficina. Los amantes habían esperado a que todos se retiraran para desatar sus pasiones.

Al día siguiente, luego que confesaran los hechos, procedimos a despedirlos. Ellos no lo pasaron tan mal al momento de darles la sanción. La única que sufrió fue la recepcionista del primer piso quien habían descubierto que su pareja tenía otra mujer dentro del banco. En realidad, lo peor fue que todo se consumara en mi oficina. En la escena del crimen.

Esto le cuento porque cada día pensaba que los furtivos amantes habían utilizado mi sillón y el escritorio para desatar sus pasiones. Quería regresar a mi anterior oficina porque tenía la impresión de escuchar gemidos a mi lado. No dejaba de imaginar escenas pornográficas en cada lugar. El día que encontré algunas grabaciones de este sujeto en el cajón de lo que fue su escritorio, pensé que contenían registrados sus encuentros eróticos. Recuerdo haber pensado que las grabaciones serían una prueba irrefutable de que su encuentro no había ocurrido una sola vez, pero tras escucharlas todas, quedé desilusionado: se trataba de más rock grabado de las estaciones de radio.

¡No me desvío! De vuelta a aquella noche, la calma de mi casa fue interrumpida nuevamente con el sonido del teléfono.

Era casi la medianoche. Por un momento pienso que ha ocurrido otro problema en la oficina.

─¿Aló? ─contesto.

─¿Aló? ─insisto ante el silencio.

Empiezo a preocuparme.

─¿Se encuentra Gonzalo de Las Casas?

─Señorita, se ha equivocado de número de teléfono.

─¡Perdóname! ─exclamó─. Marqué el número de un amigo pero me contestaste tú…

Pensé que se trataba de una broma.

─Debo colgar. Tengo que dormir.

─¡Espera!

─Señorita, es muy tarde. Voy a colgar el teléfono.

─Permítame presentarme: soy María Coral.

─Buenas noches, señorita Coral.

─¿Acaso no reconoces mi voz?

Su cuestionamiento resultaba válido: tenía la impresión de que hablaba con alguien conocido. Alguna vez había escuchado su voz pero no recordaba el contexto. Su nombre tampoco me resultó familiar. Pensar que ella, al marcar un número equivocado, no puede saber más de mí, definitivamente no ayuda. Confundido, decido proseguir con la conversación.

─¿Nos conocemos de algún lugar?

─Quizá has escuchado mi voz en algunos comerciales radiales. He prestado mi voz para varios. El último que viene circulando es de condones marca “Forte”.

─¡Si, ya te reconocí!

─¿Estás Forte? ─pregunta como en el comercial.

─¡Sí es tu voz! ─exclamo.

Solo por eso dejé de ser un tipo duro en la conversación. Quiero seguir apreciando su voz. Sonaba desconsolada y a la espera de una emoción para la noche. La línea telefónica fue cómplice para que ella sea muy abierta y me diga por qué buscaba a su amigo. Todo se resumía en que ella necesitaba a alguien que la escuche.

─Ya me presenté ─me dice.

Quedo en silencio y sorprendido. Su voz me atrae.

─¿Estás ahí? ─interrumpe.

─Solo imaginaba cómo será tu voz en vivo, en persona, frente a frente.

Sin embargo, pienso que se trata de una chica que trabaja en una línea erótica. Tal vez una chica fácil. Tenía una voz con signos de ansiedad y deseo.

─No suelo hablar con desconocidos, pero tú me das confianza. Te percibo un hombre serio y formal. Quizá algún día nos podamos encontrar en un café.

─Sería la primera vez que conozco a alguien en una cita a ciegas ─mentía.

Esto último le dije porque hacía una semana atrás mi primo paterno me proporcionó el número de una chica que trabaja como recepcionista en un hotel. Según él, ya había tenido un encuentro amoroso en el trabajo de ella, no necesitó alquilar una habitación con  Jacuzzi, televisor, VHS, mini bar, preservativos marca Forte, etc. Todo salió gratis; sin embargo, luego del encuentro sexual su víctima alegó que esperaba una relación formal con mi primo; mientras que él solo pretendía una noche de aventura desenfrenada con sexo y perdición, ella creyó que había encontrado al amor de su vida. Por esta razón, mientras ella se duchaba, aprovechó en extraer del bolso la agenda donde se encontraba anotado el teléfono de mi primo. Arrancó la página de la Letra “E”, con los demás de apellido “Espinoza”, y los cinco días que venía conversando con mi primo por el teléfono y donde había anotado una especie de diario con notas acerca de las conversaciones que tuvieron. En estas hojas resaltaba las características y virtudes de su nuevo amante. Por su parte, mi primo quería olvidar a su ex novia y esperaba que no hubiera mayores registros de su existencia. Una vez que tomó las hojas, se despidió diciéndole: “Mañana te llamaré”. Cuando me contó sobre esta chica, creí que con todos estos detalles sería una chica fácil. Solo quería tirármela. Creí que me iría a la cama con ella. Confié en su relato porque él me ayudó a descubrir que mi ex esposa me fue infiel con su vecino de infancia. Por eso cuando la llame, fingí no saber nada de ella. El “viejo truco” del teléfono equivocado había funcionado. Luego de conversar media hora, ella misma solicitó para conocernos en persona en la puerta del cine Pacifico en Miraflores. Accedí, y cuando arribó a nuestra cita me entusiasme porque era muy parecida a mi ex esposa, pero con diez años menos. Estuvimos caminando y fui demasiado duro y directo al plantearle ir a una habitación de un hotel sin mayor preludio o cortejo. Tiró una patada en la zona genital y me dijo: “no soy una chica fácil por trabajar en un hotel para amantes”. Cuando recordaba esto, consideré que me encontraba en una situación apremiante al escuchar a una locutora que con una sensual voz que me preguntaba:

─¿Estás ahí? ─otra vez interrumpe.

─Estaba disfrutando más de tu voz, me recuerda la voz de la cantante Sabrina. La bella italiana que canta: “boys, boys, boys…”

─¿Qué es eso?

─¡Olvídalo! En realidad, tienes una voz encantadora. Debo de suponer que tienes mil admiradores que se mueren por escucharte. Sobre todo pronunciar esa frase tan sexy de los condones.

─Si me han dicho que mi voz suena mejor en persona que en la radio.

─Espero poder conocerte algún día. Quizás en la puerta del cine Pacifico.

Tentaba algo de suerte.

─¿Conoces el café ubicado en…?

Entonces tuve una mejor idea para impresionarla.

─¡Visítame en mi oficina! ─la interrumpo.

─¿Dónde trabajas?

─En un banco de San Isidro… y tengo una vista fabulosa desde mi oficina.

─Dame la dirección y a qué hora te puedo buscar.

Entonces, acordamos reunirnos a las cuatro y cuarenta cinco de la tarde del día siguiente. Es decir, quince minutos antes de la salida de la oficina. Confieso que al cortar me doy cuenta de que no le había pedido su número de teléfono. No obstante, toda la noche la paso imaginándome su voz en mis oídos y cerca donde ya sabe. No tenía una descripción gráfica de ella, no tenía idea de cómo lucia, no se pudo comparar a nadie conocida de la televisión. Hasta pensé que se parecía a la reina del programa del mediodía: una rubia con bucles, una pronunciada cadera y labios carnosos. Era lo más probable: en la conversación me llegó a decir que la conoció un día que coincidieron en una estación de radio. Ella tampoco preguntó cómo era mi apariencia física. En ese caso le hubiera soltado: me parezco a “Bruce Springsteen”, pero parecía que poco sabía de Rock y Rockeros.

La noche fue larga en insomnio y música de la radio a la espera de algún anuncio con su voz. Cuando esto sucede solo sentía más ansiedad e ilusión al escuchar la propaganda radial. Seguía comparando la voz del teléfono con la de la radio.

En un momento llego a pensar que si tuviéramos sexo en nuestra primera cita yo le preguntaría si soy forte. Me había obsesionado con ella y la maldita frase. El insomnio me ayuda a planear cómo sería una cita ideal. Fue ahí cuando pienso por primera vez utilizar mi oficina como dormitorio casual, tal como lo había hecho el practicante unos meses atrás. Solo así dejaría de imaginar que alguien tiene sexo a mi lado durante el horario de oficina.

Llego el día y la hora. Faltaban cinco minutos para la hora de salida y salgo de mi oficina para preguntarle al nuevo practicante:

─Daniel, ¿alguien ha venido a buscarme?

─No, señor Espinoza ─contesta.

─Ya te he dicho que me digas Hugo, simplemente Hugo.

Es la hora de salida. Me siento muy ansioso y renegón. Le pido un chicle o caramelo al practicante.

─Daniel, ¿qué esperas para retirarte?

─Enseguida, señor Espinoza.

─¡Hugo, solo Hugo!

Entonces siento que alguien se aproxima haciendo ruido de tacones altos. Los pasos se acentúan cada vez más. No volteo para verla. No quería que me note nervioso y con algo de sudor. Le dije al practicante que permanezca unos minutos más conmigo, como si estuviéramos en una conversación de vital importancia para el banco. Le hago una señal para que observe a la chica que se aproxima y le pregunté:

─¿Qué banda prefieres? ¿Blondie o Pretenders?

Esa es nuestra clave para opinar de alguna chica de la oficina.

─¡Señor Espinoza: Blondie!

Giro la cabeza. La veo por primera vez. No estaba mal. Dejo de sentir entusiasmo: ella llevaba unos lentes oscuros que ocultaban su mirada como si fuera una estrella de la televisión, tal como la reina del mediodía en la portada de la revista de verano en la playa Santa María.

Nos saludamos como viejos amigos y le pido ingresar a mi oficina. Se sienta frente a mí, cruza las piernas y con su rodilla me apunta. Es una buena señal. Deja caer su cartera en el suelo y empieza a alabar el orden de la oficina y la vista panorámica. Después de veinte minutos desde que llegara recién se saca las gafas oscuras. Tiene una mirada inquietante. Con ese cuerpo y voz era la amante perfecta.

─¡Mi primo no me va a creer esto! ─Fue lo primero que pensé.

Ya no hay casi nadie en la oficina. Digo algo bobo con la intención de impresionarla fiel al estilo de mi primo quien también divorciado. A nuestra edad ya no estamos para preludios y cortejos. Somos tipos que necesitamos acción, más acción que las películas de Bruce Willis y Van Damme. Usted sabe. Directo al grano. Un partido de futbol es aburrido si no hay goles en los primeros minutos.

─¡Eres una mujer muy bonita! ¡Un deseo llamado María Coral! ─recité.

Se me acerca y me da un beso. Esto desata mis más bajos instintos. Dentro de mí me digo: ¡Ese trasero va a ser mío!

Entonces aprovecho en tocarla por primera vez y suelto sus labios.

─Mi madre me decía que no debo besar a nadie en la primera cita ─bromeo.

─¿Estás forte? ─imita con cierto jadeo y me sujeta con sus manos para besarme.

Tomo su espalda y la beso con mucha energía. Esta vez utilizo la lengua al estilo Gene Simmons del grupo “Kiss”. ¡Guaaa! Ya me siento demasiado excitado. Va a ser el mejor sexo después de años, me dije.

De pronto se aleja de mis labios y pregunta:

─¿Sigues forte?

─¡Síííí! ─grité como un actor porno.

Quiero tener sexo con ella y olvidar las escenas del practicante. Consideraba que no me iba a creer “el suertudo” de mi primo. Al instante, maldigo a mi ex mujer: Ahora si te olvidaré. ¡Nunca más escucharía la maldita canción: “Love hurts”!

Por un instante pienso que va a desnudarse en mi oficina porque toma los botones de su saco y los desabrocha. Uno por uno. Lentamente. Entonces saca una pistola con puntero laser como la de Terminator y me apunta al fiel estilo de la actriz Linda Hamilton que interpreta a Sarah Connor:

─¡Carajo! ¡Dame la clave de seguridad de la bóveda! ─gritó.

Creo que me desmayo. Como sea, cuando despierto veo que sus compañeros policías la habían capturado. En ese momento comprobé que no soy alguien tan forte.

Es así como sucedió esto señor policía. ¿Será necesario esperar a mi abogado?

 

Este cuento es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

Relato: La distancia

Deseaba verla otra vez. Esta vez quería declarar lo que nunca pronuncie en su delante. Por eso me aventure en buscarla, toqué el timbre de la casa y pregunté:

─¿Se encuentra Raquel?

─Sí. Espere, joven, ella no tarda mucho en llegar ─dijo una señora mayor de edad que me invitó a permanecer en la sala.

Estuve allí cerca de cuarenta minutos. Ya me había cansado de esperarla. Decidí salir sin despedirme de nadie, pero nuevamente apareció la señora que me había atendido y dijo ser su abuela. Esta vez me invitó un dulce para detener mi marcha. La cual pudo advertir al escuchar el entrechocar de mis llaves con el casco de motociclista.

Se escucharon voces fuera de la casa. Decidí permanecer quieto. Al cabo de dos minutos sonaron unas llaves que pretendían abrir la puerta. Finalmente ella ingresó a la casa y al verme soltó varias lágrimas que quedaron encima de su rostro.

La tomé del brazo y traté de consolarla con un abrazo.

Luego que me contara de sus entrevistas de trabajo y que se había encontrado con su ex enamorado hacía unos días, me propuso salir juntos para olvidarlo. Esta vez ella no quería pasar el tiempo en su casa. Quería tomar nuevos aires y alejarse de cualquier tipo de recuerdo de los últimos meses. Quería olvidar las decepciones.

Cuando subió a la moto se puso el casco y no conversamos hasta nuestro destino. Una vez en el centro comercial de Miraflores, nos pusimos al día en lo referido a nuestras vidas, siempre con la intención de coincidir en algún punto de vista. Por mi parte quería rescatar nuestra relación amorosa y saber si se sentía bien con sus emociones. Me interesaba por ella desde el día que la había conocido cuando aparecí en la puerta de su casa con una pizza vegetariana. Esos tiempos habían cambiado. Ya no la veía tan seguido. Casi nadie pedía ese tipo de pizza excepto ella.

Por eso, en todo momento preguntaba sobre sus quehaceres diarios y sus anhelos. Por aquellos días le afligía no tener trabajo. Decía que había renunciado a sus sueños de viajar y escapar de casa. Con el tiempo se había convertido en una mujer realista y estaba a la búsqueda de algo concreto. Esto último me entusiasmó, pero a la vez yo mismo le insistía empeño y paciencia. En el fondo deseaba lo mejor para ella. Además, era la primera vez que íbamos al cine para ver una película. Casi siempre nuestras salidas implicaban salir a una cena o a alguna fiesta.

Decidimos conversar un rato más antes de que se iniciara la función. Nos quedamos hablando de las películas que nos habían gustado en el pasado. Diferíamos en gustos pero guardábamos un aprecio por las películas británicas. Esta vez nos tocaba ver Wayne’s World.

Cuando entramos a la función no encontramos dos asientos para nosotros. Casi toda la sala estaba llena. No había un lugar en el cual pudiésemos compartir juntos la función. Solo encontramos dos asientos en diferentes filas. Cada uno de los asientos se encontraba distanciado a unos metros del otro.

Cuando empezó la función nos obligaron a sentarnos en cualquier lugar. Ella eligió sentarse en la butaca más cercana a la pantalla, mientras que yo me quedé tres asientos detrás de ella. Durante la función no vi la película porque decidí verla solo a ella; en la penumbra apreciaba que su cabello resaltaba y resplandecía con la iluminación de la cinta. Era una mujer hermosa. Cuando se iluminaba la sala con una escena filmada de día, su rostro se iluminaba. Ante esta revelación de belleza, me preguntaba si estaba frente al amor de mi vida.

Cuando pronunciaba su nombre en mi mente, ella giraba hacia mí con la intención de mirarme. Quería confirmar que aún permanecía en la sala y cerca de ella. Me encontraba siempre observándola. Quizá en ese momento se percató de que me había enamorado más de ella. Sentí que podía escuchar mi voz y había puesto en evidencia mis sentimientos. La cuarta vez que giró para ver si seguía pendiente de ella, se levantó de la butaca, caminó hacia el pasillo y se acercó a mi fila. Entonces extendió su mano y me dijo:

─Señor, ¿me acompaña?

─Con mucho gusto ─contesté.

Ambos salimos de la función riéndonos. El resto de personas nos solicitaba silencio con una pifia porque la película recién empezaba. Nuevamente estábamos juntos, solo habíamos estado separados treinta minutos. Esta vez nos cogíamos de la mano como una pareja. Solo eso. Cuando dejó de reír me miró a los ojos con su cabeza caída hacia atrás. La había tomado de la cintura, quería besarla como lo hace James Bond, pero solo le canté una canción que había escuchado en el trabajo en la estación de radio.

Entonces empezó a sonar la radio “walkie talkie” que llevaba conmigo.

─¡Roy, ¿me copias?! ─se escuchó.

Sonaba una interferencia.

─¿Ese es un teléfono celular? ─preguntó ella.

─¡Roy, ¿me copias?!

─¡Adelante! ─pronuncié.

─¡Ha habido golpe de Estado y los motociclistas se han ido a sus casas!

─¡Copiado! ─dije.

─¿Ese es un teléfono celular? ─preguntó nuevamente.

─No. Esto es una radio del trabajo. Dicen que ha habido golpe de Estado. Tengo que regresar a la pizzería.

─¿Puedes prestármelo para llamar a mi casa?

─A decir verdad, este aparato no puede realizar llamadas.

Conduje de prisa hacia su casa. Nos detuvimos tres cuadras antes de su puerta porque solicitó que quería caminar conmigo por algunos minutos; sin embargo, yo tenía prisa por regresar al trabajo. Entonces la abracé porque hacía frío. No hubo ningún beso. Ella se apoyó en mí y continuamos caminando como si fuéramos amantes debajo de la garúa. Yo caminaba a su lado con la moto apagada.

Luego del trabajo, cuando llegué a mi casa, revisé minuto a minuto mi salida con ella. Me percaté de que había tenido hasta tres oportunidades para decirle que la amaba. Cuando recordaba su rostro en mi mente, me arrepentí de no haberle declarado mi amor.

Al día siguiente, tras escuchar las noticias en la radio, la llamé para ir otra vez al cine, pero me indicaron que había salido de viaje. Se había ido de vacaciones al sur de la ciudad. En ese momento consideré que siempre había existido una distancia entre los dos. Tal como había sucedido en el cine.

 

 

Este cuento es parte del libro de cuentos: Frecuencia Modulada

Frecuencia Modulada

Frecuencia Modulada, es una novela corta y también un libro de cuentos. Es una interacción entre romance, música y literatura compuesta por un conjunto de relatos temporales que implica – re descubrir el Rock ‘n’ Roll –.

Cada relato es el nombre de una canción, una especie de banda sonora con canciones icónicas que la misma historia se ha encargado de considerarlas como parte de nuestro conocimiento colectivo. Esto ha sucedido porque la música siempre ha sido la fuente de toda inspiración en nuestros días. Tal como sucede en los personajes del libro que viven y respiran Rock en un contexto donde la mejor manera de escapar de las pasiones ocultas es acceder a las canciones que suenan en la #FrecuenciaModulada.

A partir de hoy, comparto de manera gratuita mi reciente trabajo por tiempo limitado. ¡Disfrútalo!

En Kindle de Amazon.com

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Un abrazo desde Lima – Perú

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