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Escritura y música

En este espacio se encuentra una infinita interacción entre versos y canciones

Frecuencia Modulada

Frecuencia Modulada, es una novela corta y también un libro de cuentos. Es una interacción entre romance, música y literatura compuesta por un conjunto de relatos temporales que implica – re descubrir el Rock ‘n’ Roll –.

Cada relato es el nombre de una canción, una especie de banda sonora con canciones icónicas que la misma historia se ha encargado de considerarlas como parte de nuestro conocimiento colectivo. Esto ha sucedido porque la música siempre ha sido la fuente de toda inspiración en nuestros días. Tal como sucede en los personajes del libro que viven y respiran Rock en un contexto donde la mejor manera de escapar de las pasiones ocultas es acceder a las canciones que suenan en la #FrecuenciaModulada.

A partir de hoy, comparto de manera gratuita mi reciente trabajo por tiempo limitado. ¡Disfrútalo!

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Un abrazo desde Lima – Perú

Gracias @EntreLibrosYLabiales

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En instagram no solo se encuentran fotos. He encontrado la opinión del libro “Canciones para escapar” y he sentido un gran afecto en la frase “esta escrito con una dulzura que traspasa la pantalla”. Es una frase que a los autores nos invita a reflexionar sobre lo que escribimos.

La literatura  genera nuevos cuestionamientos, sensaciones y sentimientos en los lectores. Traspasar la pantalla o el papel con la literatura va de la mano de crear relatos a partir de la experiencia que compartimos con nuestro entorno laboral, familiar y amical; y es que en realidad solemos compartir experiencias y sentimientos cada día. Por esta razón, en nuestra interacción personal encontramos nuevos amigos y personas para compartir nuestro afecto y admiración.

Muchas gracias a mi nueva amiga @EntreLibrosYLabiales por su apoyo. Para tí va la canción [Hold on to your friends] de Morrissey.

Gonzalo

Descubre gratis mis obras en Kindle

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Estimados amigos,
Hoy celebro el día del amor y la amistad de una manera especial. Por eso, mis obras se encuentran disponibles gratis en formato Kindle.
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Atte.

Gonzalo Castro

El camino nocturno

Los sueños ocultan deseos. El sueño es una caída por la cual se abandona la realidad. Algunos sueños poseen una oscuridad consumada, sombría que no se puede evitar. Huir significaría introducirse en una caída de luminosidad carente de expresión. La oscuridad permanente se confunde con una noche.

Me cuestiono si otra vez caí en el mismo sueño cuando cae una tenue luminosidad que reconstruye las formas ocultas de la noche, aquellos seres mágicos y formas bellas se dejan apreciar. Formas descocidas para los ojos teóricos, pero habituadas en las sensaciones de los enfermos de insomnio y viandantes de los caminos oníricos.

Aquel camino permanece casi oculto en las noches. La tenue luminosidad nos conduce a una vegetación distinta, verdosa, encaminada hacia la soledad, con árboles con caída hacia un foco elíptico. Me cuestiono si llegaré al final del camino o si algún día despertaré. La ansiedad de conocer la respuesta me podría conducir hacia un mundo nuevo, uno donde los seres no conocen el horizonte, sino un camino que invita a un paseo en el tiempo. Finalmente, compruebo que no se trataba de una caída.

La luminosidad de este mundo enrojece los ojos, cae sobre todos los elementos de manera voraz, como si fuera un trueno aquel que lanzaría esa doliente luz que cegaría con el transcurrir del tiempo.

Esta vez me cuestiono si existe un tiempo en este lugar. El camino no termina, cada paso parece poseer el tiempo de una estación, las aves permanecerte solitarias en las ramas de aquella selva que nos protege de la luz que perturba mis primeros recuerdos. Las aves parecen permanecer quietas, impávidas luciendo en sus plumas miles de colores que son el reflejo de la luz.  El ave fénix en reposo se ha ido.

Las mariposas nocturnas en esta selva se impregnan en la visión, se puede apreciar los bordes y la textura de sus alas, pero no podemos determinar su destino. Se dirigen hacia todas las direcciones del camino, temerosas por nuestra presencia.

A la salida de la selva otra vez encuentro aquel río que no puede desbordarse ni escapar por la fuerza imponente de aquellos cerros cubiertos por cristales de nieve transparentes que ocultan el verdadero rostro del cañón. Toda forma rocosa nos recuerda un rostro, pero este rostro es más imponente, porque amedrenta a aquellos que osan llegar hacia la cima que acaricia el cielo azul noche.

Desde la cima, se puede observar al fondo del camino una ciudad de luces amarillas, que vistas desde el cielo, sirven de camino para los espíritus perdidos en el tiempo, aquellos faroles decimonónicos de sus calles son los únicos que brillan nos guitan y son la única compañía del camino de piedras. Las casas en su interior están poseídas por una tenue luz que es vencida por la oscuridad. Las puertas no poseen cerradura, se quedan entre abiertas para permitir la entrada de la luz nocturna o de alguna inesperada visita.

En las habitaciones, algunas personas permanecen desnudas, otras cubiertas. No usan atuendo porque en la oscuridad no se puede saber quien está al lado de uno y si llevan puesto algo de ropa; mucho menos se puede inferir qué es lo que piensan y sueñan. En este lugar no se puede sentir si uno está verdaderamente solo. Abundan los rostros cálidos y solitarios. Las sombras de las mujeres son delgadas, es por la poca luz que entra por las puertas, en este lugar los elementos permanecen inclinados, como si alguna vergüenza hiciera que no estén erguidos, y que los muebles en vez de patas tengan apariencia de garras felinas para no desubicarse de su lugar eterno.

Algunas personas  permanecen con la mirada hacia nosotros y las formas, sin embargo; distantes de sentimientos. En ese instante me cuestiono si esto será para algunos un paraíso. Como poder saberlo si todos tienen una herida umbilical. Solo queda continuar el camino en este delirio de sueño del cual jamás se podrá salir o intentar despertar.

 

Gonzalo Castro

Escuchando Enigma – Out from the deep

Canciones para escapar de la ciudad

El 16 de marzo del año 2003 era la primera vez que viajaba al extranjero, aunque la enésima que estaba en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Tenía experiencia en despedirme de personas queridas, por lo general amigos y familiares. Por eso es que en lugares así, uno puede sentir nostalgia y alegría pero también tristeza y desesperación. Las ráfagas de viento que atraviesan el aeropuerto generan una sensación de libertad en los viajeros, pero escalofríos en aquellos que no tienen un boleto de avión. Esta vez quería escapar de la ciudad y país donde había nacido: Lima – Perú.

Al ingresar a la oficina de control solicitaron mi pasaporte y tarjeta de embarque mientras calculaban el peso de mi maleta; en ese momento yo pensaba que más fueron las personas que conocía que atravesaron aquel lugar para irse que las que regresaron alguna vez. A veces yo jugaba con la idea de que el aeropuerto fuese una especie de máquina teletransportadora en su fase experimental: experimental porque en ciertos casos las personas nunca regresaban. En ese error o falla del sistema radicaba su esencia de máquina sin terminar. Pero tras la partida de tantos seres queridos, empecé a considerar el viaje como una posibilidad de escapar de un lugar y de un tiempo: de mi ciudad y de los últimos meses que allí había vivido.

Esa noche abandonaría todo por algunos días. Esperaba regresar pero al mismo tiempo hacía planes para no regresar. Quizá a mí también me correspondía desaparecer en el aire.

─¿Destino? ─preguntó la encargada del control de embarque.

─Santiago de Chile ─contesté.

─Asiento 13b, sala de embarque 18.

También me hubiera encantado conocer Madrid y Londres, pero no me alcanzaba el dinero. Lo más cercano al Viejo Continente eran mis gustos por los grupos británicos que usualmente sonaban en mi estéreo.

Horas antes de llegar al aeropuerto había ido a buscarla. Quería verla antes de partir. Quién sabe si sería la última vez. La vi en la puerta de su casa. Llevaba el cabello sujetado: mala señal, significaba que no estaba nerviosa, y por tanto, distante.

─¿Por qué has venido? ─preguntó.

─Quería despedirme ─contesté─. Me voy de viaje.

─¿Adónde?

─Chile.

─¿Algún concierto?

─No, es solo para conocer.

Ella sabía que Santiago también era una opción para disfrutar de conciertos y festivales. Alguna vez habíamos hablado de viajar juntos para ver a alguno de mis artistas favoritos aun cuando no le gustaran. Ahora había escogido otro camino al estar con otro individuo.

En sus ojos había cierto brillo como si fuese a llorar, pero insistía en mostrarse indiferente. Por eso, antes de cerrar la puerta, solo me dio un beso en la mejilla y me deseó un simple “Feliz viaje”.

─¡Espero que seas feliz con él! ─le dije con cierto resentimiento mientras me alejaba.

─¿Qué es lo que quieres de mí? ─me cuestionó.

En mi mente empezó a sonar [Monaco – What Do You Want From Me?] mientras me imaginaba cantándole esa canción:

“What do you want from me?

It’s not how it used to be.

You’ve taken my life away

Ruining everything”.

─Solo quiero que recuerdes mis canciones ─pronuncié mientras subía al taxi que me llevaría al aeropuerto. Me recriminaba el haber ido a su casa.

Ya en la sala de embarque ajusté mi reloj en dos horas más para tener la hora de mi destino. Mientras esperaba abordar, empecé a tomar apuntes de lo que sería mi viaje y me percaté de que yo era la única persona que viajaba solo: la mayoría de los pasajeros conversaba con alguien, mientras que yo solo cantaba algunas canciones que sonaban en mis audífonos. Las notas para escapar ayudarían a cerrar mi pasado frente a lo nuevo.

Cuando la nave despegó observé cómo se formaba la ciudad con aquellas luces que iluminan las calles de noche. Era muy emotivo pensar que en ese laberinto luminoso yo había pasado toda mi vida. Mientras escuchaba mis canciones, recordaba algo más: aquellos discos con las canciones que había grabado para ella, discos que al principio fueron para mostrarle mis gustos musicales pero que finalmente se convirtieron en pruebas de mi amor. Ahora esperaba que esas canciones también funcionaran en situaciones adversas como este momento, en el cual nos separábamos cada vez más. En el avión, la distancia entre nosotros continuaba creciendo. Entonces empecé a cantar [Stone Roses – She Bangs The Drums]:

“I can feel the earth begin to move

I hear my needle hit the groove

And spiral through another day

I hear my song begin to say:

Kiss me where the sun don’t shine

The past was yours

But the future’s mine

You’re all out of time”.

Esta vez la música me ayudó a no tener miedo a las alturas. Y sabía que me ayudaría a recorrer un camino totalmente incierto..

 

(Esto es un extracto de la novela corta: Canciones para escapar)

Disponible gratis en Amazon hasta el 15 de febrero del 2016

 

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Disfruta de la banda sonora en Spotify

 

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Saludos
Gonzalo

Las malas compañías: gratis

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¡Feliz año nuevo literario!

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Saludos

Gonzalo

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#Relato: La chica del parque rompecabezas

La chica del parque rompecabezas

Eran aquellos días en los cuales tenía demasiado tiempo libre. A veces escuchaba canciones repetidas del mejor año musical para mí, 1993, que ya había terminado. Seguía disfrutando esos días porque había sido un año revolucionario en la música, muchos grupos antiguos que solía escuchar en los años ochenta lanzaron nuevos discos y con canciones que no sonaban en las radios y eran reiterativas en mi habitación. También fue un año revolucionario en lo sentimental.

Cuando elevaba el volumen sentía y escuchaba gritos del vecindario quejándose por el excesivo volumen. Luego de la escuela me daba la impresión de escuchar el timbre de la casa por algún reclamo del vecino pero no hacía caso. A pesar del ruido siempre tenía buen oído para escuchar cuando sonaba el teléfono.

─¡Otra vez te llaman por teléfono! ─me dijo mi hermano mayor.

─¡Voy a contestar! –respondí.

─No te demores porque espero una llamada ─me advirtió con cierta amabilidad.

─¿Aló?

─Hola, soy Carmen ─era aquella chica de cabello ondulado con vestimenta casual que conocí el día anterior.

Al inicio no comprendí por qué me llamaba. Tenía entendido que le gustaba mi amigo. Además, cuando la conocí, mientras yo conversaba con su vecina, ella se quedó un largo rato conversando con un amigo del vecindario a quien le decíamos “Pacman”. No sabía el porqué de su apodo pero pienso que debía ser porque se comía todo en su camino. Yo ya lo conocí con ese apodo y algún tipo de fama.

Ella vivía frente a un parque conformado con unas baldosas en forma de rompecabezas. Ese parque tenía la fama de tener un alto índice delictivo y de peleas callejeras. Había leyendas urbanas, por aquella época, de que en ese lugar se daban hasta asesinatos, razón por la cual nuestros hermanos mayores siempre nos advertían de que no fuéramos solos. Sin embargo, el día anterior con Pacman pasamos por allí para visitar a dos amigas que recién había conocido. Él solía conocer a las chicas en las fiestas mientras que yo solo era una especie de guardaespaldas de mis compañeros de esquina o una especie de rémora de tiburón adolescente.

En ese momento no entendía el motivo de la llamada de la nueva amiga de Pacman. No recordaba haberle dado mi número telefónico aquella vez que la conocí. Sin embargo, me resultaba agradable escucharla.

─¿Cómo conseguiste mi teléfono?

─Se lo pedí a tu amigo ─contestó─. Te llamo porque él ya no contesta mis llamadas.

Por ratos me decía que deberíamos vernos más seguido y que me atreviera a ir solo a su casa.

─¿Por qué no vienes a mi casa? ─me cuestionaba.

─Tu casa está muy lejos de la mía ─respondí, cuando en realidad tenía miedo de que Pacman me encontrase con ella.

─Si vienes a mi casa prometo visitarte ─me dijo.

Sentía algo de remordimiento por cuanto la consideraba la Señora Pacman. Tanta fue su insistencia que me invitó a una fiesta en su antiguo colegio; ella era mayor que nosotros por tres años y ya se encontraba estudiando una carrera técnica.

Llegó el día de la fiesta y ese sábado en la noche tenía cierta expectativa por esta chica mayor por todo el tiempo que habíamos conversado más por teléfono que en persona. Y no podíamos vernos porque sabía que Pacman se ausentaba del barrio para ir a buscarla. En una de sus llamadas me había prometido bailar la canción que me cantaba por teléfono en un inglés pésimo. Llegué a la fiesta y no pagué por el costo de la entrada porque Carmen me esperaba en la puerta y otra vez estaba vestida con aquella casaca azul con líneas rojas. La misma casaca de siempre que la protegía del frio y la garúa pero menos de las miradas de los otros adolescentes que la deseaban.

Entramos y todos nos miraban; eran cientos de personas en un patio de escuela que en el día solo servía para el recreo de los infantes. Se escuchó al fondo el inicio de la canción de [EMF – Children]; admiraba a aquellos muchachos ingleses. Bailamos muy alegres y por aquellos días solía expresar mi alegría con las manos y algunos saltos de emoción tratando de llevar el ritmo. Ella, por su parte, solía fingir que disfrutaba la música moviendo su cabello ondulado como si fuera Janis Joplin pero de manera descoordinada. Luego empezaron los acordes de guitarra de [4 Non Blondes – What’s Up], aquella canción en la que encerramos ese momento. Era nuestra canción telefónica. Aquella que solía cantarme y hacerme sentir sus anteriores desilusiones. Aquella que prometió bailar conmigo.

Mientras la tomaba de la cintura y ella acomodaba sus brazos en mi cuello, comprendí que las canciones son como una especie de cápsulas del tiempo en las cuales se puede dejar encerrado un momento mágico como ese. No quería que esa canción acabase. Sin embargo, ambos no teníamos ninguna intención adicional de proseguir con nuestros sentimientos. Quizá solo sentíamos miedo, en mi caso porque ella era mayor, y sentía en su rostro frío una especie de miedo a continuar o querer convertirse en aquella amiga que más conocía por su voz que por su figura. Por mi parte, Carmen solo era una persona con quien solía conversar y escuchar toda aquella mala reputación de mi compañero.

No pasó mucho tiempo hasta que llegó Pacman a nuestro lado y ella encendió en su rostro una ligera alegría y una mirada apasionada. Se generó un brillo en sus ojos como aquel que sucede en las máquinas de videojuego cuando se ingresa una nueva ficha ─del estado [Insert Coin] pasa a [Start Game]─.

Yo la dejé para que bailara con él y me encontré con un grupo de sujetos que renegaban de la música que sonaba en aquel viejo colegio fiscal. Ellos no bailaban porque querían rock ’n’ roll, algo casi imposible porque eran pocas las canciones que tocaban y nosotros bailábamos. A pesar de que me encontraba distante no dejaba de seguirla con mis ojos; las luces psicodélicas, aquella bola de espejos de discoteca y el ruido imposibilitaban ver a las demás personas, pero yo seguía escuchando en mi cabeza su voz cantando “What’s going on!… What’s going on!”. Volvía a verla entre las personas que también bailaban y no eran renegados como nosotros. Parecía que todo el mundo bailaba a nuestro alrededor cantando [Beck – Loser] mientras permanecíamos solitarios con algo de cigarros y alcohol.

Cerré mis ojos y perdí la conexión con su cabello. Nuevamente abrí mis ojos y vi que se besaba con Pacman de una manera muy apasionada. Este momento era una situación compleja para mí por cuanto sentí envidia y algo de celos. Consideré que no era normal que sintiera algo así por una chica que no era extranjera o una punk rocker. Podía sentir el viento frío en mi rostro y olvidar su frío rostro. No era tan complicado mirar hacia la oscuridad y no darse cuenta de aquel escenario amoroso. Sin embargo, mi visión nocturna funcionaba de una manera excepcional que solo me ponía muy indiferente con el contexto. En algún momento de la noche dejé de ser un tipo sin sentimientos.

Los renegados de la fiesta nos retiramos a nuestras casas porque comenzaron con la música del momento y la salsa para las parejas que se habían formado, como era el caso de Carmen y Pacman. En el camino a nuestras casas huimos de una pelea callejera gracias a un tipo chino y de mediana estatura que nos ayudó a escondernos en el jardín de su casa.

Luego de aquella noche que nos salvamos de una golpiza algunos hablaban de la fama de nuestro colega y que esa noche se había consolidado como un Don Juan por besar a una chica bonita y mayor que todos nosotros. Por mi parte, siempre guardé el secreto de aquellas conversaciones por el teléfono con la chica del Parque Rompecabezas. Nadie sabía que ella me conocía más a mí que a Pacman. Esa era mi impresión, sobre todo cuando Carmen me decía que se sentía muy bien conversando conmigo y que yo me parecía al sujeto de la serie llamada Los años maravillosos. Sin embargo, todo ese momento me recordaba el capítulo de la chica llamada Becky Slater que golpeaba a Kevin vociferando “¡Te voy a dar: amigos!”.

En los siguientes días decidí olvidarme de esa canción y de Carmen. Sin embargo, sonó el teléfono y nuevamente era ella. Lo que escuché fue una tristeza cuando me dijo: “Hubiera preferido besarte a ti”. Sin embargo, no entendía sus palabras. No era saludable ser una segunda opción amorosa. A veces sus palabras las sentía muy expresivas y otras evasivas cuando le preguntaba si lo que sentía por Pacman era real. Ambos éramos unos incomprendidos de los sentimientos. Éramos dos personas que se ilusionaron pero terminaron con la persona equivocada. En este caso solo ella. Recuerdo que la última vez que conversamos me dijo que mientras me escuchaba veía un oso de peluche que estaba a la venta en aquella tienda del teléfono público del cual siempre me llamaba. Ella quería que le regalase ese oso para que cambiara el curso de nuestra historia. Carmen me decía que recordaba mi número de teléfono pero no podía recordar el número de teléfono de mi amigo por cuanto él solo la trataba mal. Sin embargo, yo únicamente tenía dinero para comprar música. Nunca compré algo para ella.

La última vez que la vi fue en otra fiesta, pero esta vez no bailé con ella. Tampoco Pacman porque él ya tenía otra chica. Solo la veía disfrutar sus movimientos con la música con otros muchachos de su edad. Recordaba nuestra canción y su frío rostro casi besándome. Ella no pudo darse cuenta de que yo la observaba con cierto nerviosismo, pero los renegados de las fiestas adolescentes se dieron cuenta de mi mirada hacia ella y dedujeron que había pasado algo entre nosotros porque recordaron aquella vez que nos encontraron bailando la canción de [4 Non Blondes]. Yo guardé silencio de nuestras conversaciones y pasiones ocultas. Sin embargo, como Pacman no era un buen tipo para ellos y caía tan mal por ser un Don Juan, ellos decidieron atacarlo y enfrentarlo frente a la sociedad adolescente como un mal tipo que perdió a una gran chica a manos del pequeño muchacho de la serie de Los años maravillosos. Aquellos rumores de mi supuesto amorío y romance me llenaron de mucha ilusión pero a la vez sentía dolor porque ella decidió dejar de cantar y bailar nuestra canción.

Nunca supe su apellido, tampoco su teléfono. No tenía teléfono en casa. Siempre era ella quien me buscaba porque cuando yo lo intentaba la negaban de una manera muy hostil. Quizás porque era menor que ella. Un día decidí buscarla pero sentí miedo y me retiré sin tocar su puerta. Ella se perdió en el tiempo. Es entonces que dejé de ir por el parque Rompecabezas. Era muy peligroso para mí y mis sentimientos.

Continuaron los días en los que por primera vez había podido ganar en un videojuego. Dejé de ser el gran perdedor de los juegos. Para mis colegas le había ganado a Pacman.

 

 

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No pierdas esta oportunidad para descubrir mi mundo musical-literario.

 

Atte.

 

Gonzalo

 

 

#Relato: Las luces y el silencio

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Las luces nocturnas de esta ciudad encierran un miedo socavado y cada historia conduce a finales inciertos, inevitables y otros deseados. Cada lugar posee un misterio, una magia, la señal de un sueño y un deseo materializado. La noche hace que la música encierre cada uno de mis sueños.

La garúa cae sobre esta ciudad. Cada farol encierra una luz distinta. Cada paso es una aventura inesperada y un silencio continuo a la espera de la siguiente canción. En esta calle solo están los sonidos del viento y esa canción que se ha repetido cada día. Ya no deseo volver en el tiempo porque ahora sé que todo lo que sucedió fue porque yo lo hice.

El silencio es complejo. En cada silencio hay un suspiro y una pasión. El silencio es mi compañía pero no mi aliado. La música envuelve cada lugar que veo y siento, cada deseo y pasión por ti. Cada canción es una caja donde reposa todo lo que significa sentir en estos días. Las luces se apagan, el silencio apaga cada luz de esta ciudad, pero la canción continúa. El silencio no es de héroes y tampoco de nosotros. La garúa también es mi destino. Mis pasos son señales que dejo en este tiempo para ti.

Esta calle silenciosa donde te vi por última vez sabe de mi dolor y mis pensamientos. Quisiera volver a soñar y poseer esa habitualidad para dibujar cada uno de mis caminos y así me puedas encontrar antes de mi alegría. La felicidad es el último segundo de vida donde se recuerda todo lo que destruyó al silencio. Entonces, la felicidad es una canción.

Recuerdo su mirada. Ahora solo quiero cerrar los ojos y soñar que ella y yo caminamos por las calles donde el silencio no interrumpe el tiempo.

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Extracto de la novela corta: Canciones para escapar

Disponible gratis hoy 27 de noviembre por Black Friday

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